Opinión

Es muy cierto que el bolero alimenta el alma.

COLABORACIÓN de Patricia Aguirre de Martire.

AUTOR DESCONOCIDO.

 

 

La Unesco acaba de considerar y calificar al bolero como intangible patrimonio cultural de la humanidad.

La poesía cruza el espacio del bolero.

Roberto Cantoral, el compositor mexicano autor de «El reloj», suplicó a las agujas que no marcaran las horas porque sentía que iba a enloquecer sabiendo que su mujer enferma podría irse para siempre…» cuando amanezca otra vez». Y fue el portorriqueño Pedro Flores quien sostuvo en «Obsesión» (1935) lo que años más tarde continúa siendo certeza absoluta: que «por alto que esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo no habrá una barrera en el mundo que un amor profundo no rompa por ti». Y dos años antes, la mexicana Consuelo Velásquez ardía de amor con «Bésame mucho», uno de los boleros más célebres de esta historia.

Se sabe que el bolero surgió en Cuba. Se acepta que el primer bolero fue «Tristezas», escrito por el mulato cubano José Pepe Sánchez en Santiago de Cuba en 1883. Desde entonces, el bolero no ha dejado de invadirnos, perturbarnos, de encender nuestras pasiones, de exaltar el deseo, mitigar los desconsuelos y evidenciar que «sólo nos queda esta noche para vivir nuestro amor».

Advierto que el bolero también puede convertirnos en seres obsesivos. Nunca dejaré de mencionar al sujeto que insertó un aviso en un periódico solicitando una cocinera y puso como estricta condición que la candidata no cantara «Vereda tropical», el célebre bolero de apoteósico éxito de Gonzalo Curiel, mexicano de Guadalajara, que todos hemos cantado una y otra y otra vez.

Agustín Lara tenía físico ingrato, con cicatriz en la cara y una voz negada para el canto, pero su talante y su voz hipnotizaron al mundo por la poderosa creatividad en que se apoyaban. Aconsejó a la triste aventurera de la noche que vendiera caro su amor y estableció, desafiando el altivo comportamiento moral de su época, que «aquel que de tus labios la miel quiera que pague con diamantes tu pecado».

El «flaco de oro», como se le llamaba, creyó protegernos cuando advirtió que las noches de ronda hacen daño, causan pena y terminan por llorar y lamentó que solamente una vez se entrega el alma, solamente una vez y nada más.

Son muchas las voces que nos dejaron marcas en nuestros anhelos: José Luis Moneró, Bobby Capó, Juan Arvizu, Leo Marini, Toña la Negra, Lucho Gatica. El más famoso, tal vez, fue Pedro Vargas: cantó durante largos años hasta que los sucesivos «arreglos» del rostro terminaron momificándolo y acabó cantando «Santa» por última vez, pero con rostro perfectamente rígido y espeluznante lentitud.

Los Panchos, fue el trío más famoso en su tiempo y entre nosotros Alfredo Sadel fue un bello galán y bolerista portentoso y Rafa Galindo, apoyado por Billo Frómeta, fue dueño de una voz espléndida y seductora y en fecha más reciente el universo del bolero perteneció a Armando Manzanero, pero siempre surgirá entre las líneas melódicas del bolero una súplica: «¡Ay, amor ya no me quieras tanto!» y gracias al chileno Antonio Prieto y su encendido «Frenesí» puedo rogar o exigir a la mujer de mis sueños: «Bésame tú a mí. Bésame igual que mi boca te besó. Dame el frenesí que mi locura te dio. ¡Quién si no fui yo pudo enseñarte el camino del amor…!

“Olvídame”, imploraba José Luis Moneró con la orquesta de Rafael Muñoz, en los años cuarenta del pasado siglo, pero la mayor gloria sigue siendo el hecho de que no me preocupaba entonces y tampoco me preocupa hoy que quedara «el infinito sin estrellas y perdiera el ancho mar su inmensidad» porque insisto en mantenerme anclado en la certeza de que en la mujer que amamos el negro de sus ojos y el color canela de su piel permanecerán intactos; y para despejar cualquier incógnita imposible o impertinente increpo: «¡Mujer, si puedes tú con Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar!».

Salud música y amor

Un abrazo