Opinión

Entre la luz y el silencio.

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

(I)

 

A veces llega la noticia
como un viento frío que no avisa,
y en un instante
el alma se encoge
como hoja que presiente el otoño.

Un nombre, un rostro, una historia…
y el mundo, sin detenerse,
sigue girando
mientras por dentro
todo guarda un minuto de silencio.

Entonces comprendo,
con una claridad que duele y abraza,
que la vida no es promesa,
es apenas un suspiro prestado,
un hoy que se enciende
y no siempre amanece mañana.

Y sin embargo…
qué milagro haber vivido,
haber amado hasta temblar,
haber reído con los ojos llenos de luz
y llorado con el corazón desnudo.

Por las noches,
cuando el ruido se apaga
y la memoria despierta,
mi vida pasa frente a mí
como un río de escenas:
voces, abrazos, caminos, despedidas…

Y en cada recuerdo
late algo eterno,
algo que la muerte no alcanza,
porque lo vivido con amor
no se extingue,
solo cambia de forma.

Pienso en los que sufren,
en los que luchan en silencio,
en los que hoy duermen
entre máquinas y esperanzas…
y elevo un ruego suave,
como quien enciende una luz en la oscuridad:

que el dolor encuentre descanso,
que la herida encuentre consuelo,
que el alma no se sienta sola
ni siquiera en la noche más larga.

Porque al final,
la muerte no es un enemigo,
es un umbral inevitable,
una puerta que todos, sin prisa,
algún día cruzaremos.

Pero hoy…
hoy estamos aquí,
con el corazón latiendo,
con la oportunidad intacta
de decir “te amo”,
de perdonar,
de abrazar más fuerte.

Hoy podemos desafiar al tiempo
no con fuerza,
sino con ternura.

Jugarle a la muerte
con la única victoria posible:
amar sin medida,
vivir sin reservas,
y agradecer…
como quien sabe
que cada instante
es un regalo irrepetible.

Y así, cuando llegue el silencio final,
no será vacío,
sino plenitud.

Porque quien ha vivido con amor
no se apaga…
se transforma en luz.

Semper Fi.