Opinión

Encontrar ese tesoro que se llama calma

Por: Lucy Angélica García / Portoviejo

lucygarciachica@hotmail.com

 

El primer encuentro que se transforma en un camino y un recorrido sereno con la mirada puesta en un horizonte iluminado por la luz del amor y de la calma, donde pasa el tiempo compartido donde se valoran dulcemente los bellos aprendizajes en el gran salón de la escuela de la vida.

Aprendizajes profundos a cada paso del tiempo hasta que tocan las campanas de la despedida, de la ausencia definitiva, y nos quedamos ahí en el umbral de la melancolía con un puñado de recuerdos bonitos.

Nada más que esos recuerdos en un rincón del alma, en ese bello lugar de paz.

Ese lugar de calma y que cuesta muchas tormentas, y cuando desaparece es imperativo salir otra vez a su búsqueda porque nos enseña a respirar, a pensar y repensar.

Cuando la locura la tienta se desatan vientos bravos que cuestan dominar. Se llama calma y llega con los años cuando la ambición de joven, la lengua suelta y la panza fría dan lugar a más silencios y más sabiduría.

Ese tesoro que se llama calma cuando se aprende bien a amar, cuando el egoísmo da lugar al dar y el inconformismo se desvanece para abrir corazón y alma entregándose enteros a quien quiera recibir y dar.

Se llama calma cuando la amistad es tan sincera que se caen todas las máscaras y todo se puede contar. Se llama calma y el mundo la evade, la ignora, inventando guerras que nunca nadie va a ganar.

Se llama calma cuando el silencio se disfruta, cuando los ruidos no son solo música y locura sino el viento, los pájaros, la buena compañía o el ruido del mar.

Se llama calma y con nada se paga, no hay moneda de ningún color que pueda cubrir su valor cuando se hace realidad.

Se llama calma y me costó muchas tormentas y las transitarias mil veces más hasta volverla a encontrar.

Se llama calma, la disfruto, la respeto y no la quiero soltar.

Inspirando en la calma.