Opinión

En la bóveda de la Capilla Sixtina

Jorge Alania Vera

Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

“Defiéndeme Giovanni, protege mi honor. Mi pintura está muerta. No estoy en el lugar correcto, no soy pintor” escribió el genial escultor y pintor renacentista Miguel Ángel Buonarroti a su amigo Giovanni de la Pistola, mientras pintaba los frescos inmortales de la Capilla Sixtina por pedido del Papa Julio II.

Abrumado por el encargo, esos frescos celebérrimos fueron pintados casi por compromiso, sin motivación para el artista.

“Ya me ha salido un bocio de esta tortura/ encorvado aquí como un gato en Lombardía/ (o en cualquier otro lugar donde el veneno del agua está estancada).” escribió en ese mismo poema. Y dijo más: Mi estómago está aplastado bajo mi barbilla/ mi barba apunta al cielo, mi cerebro está aplastado en un ataúd/ mi pecho se retuerce como el de una arpía/ ¡Mi pincel encima de mí todo el tiempo gotea pintura/ para que mi cara sea un buen piso para los excrementos!”

Las figuras de la bóveda se sucedían unas tras otras en un maravilloso mosaico que las generaciones consagrarían como único, mientras él, Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simon, nacido el 6 de marzo de 1475, en Caprese Michelangelo, Italia, acostado de espaldas sobre un andamio les daba vida, plasmando algunas de las más hermosas imágenes de la historia del arte. En esa bóveda retrató nueve escenas del Libro del Génesis, comenzando por la separación de la luz y las tinieblas y prosiguiendo con creación del Sol y la Luna, creación de los árboles y de las plantas, creación de Adán, creación de Eva, el pecado original, el sacrificio de Noé, el Diluvio Universal y finalmente, la embriaguez de Noé. El mundo se estaba volviendo a hacer por obra de una mano predestinada, pero el dueño de esa mano clamaba: “Mis ancas se clavan en mis entrañas/ mi pobre trasero se esfuerza por hacer de contrapeso/ cada gesto que hago es ciego y sin sentido/ Mi piel cuelga suelta debajo de mí/ mi columna está toda anudada por doblarse sobre sí misma. / Estoy tenso como un arco sirio.” Pero, aun así, los profetas y las sibilas en sus tronos de mármol y los antepasados del Hijo de Dios, fueron como estampados por el cielo en ese mural maravilloso.

Miguel Ángel escribió trescientos poemas aproximadamente entre 1503 y 1560 y fue también arquitecto. Tuvo tres grandes amores: Tommaso Cavalieri, Giovanni de la Pistola y Vittoria Colonna. La homosexualidad y su tendencia al ascetismo marcaron su vida y también su arte. No quiso, en un primer momento, pintar la bóveda de la Capilla Sixtina, pero al final aceptó. Tal vez algo le decía desde muy adentro que esa obra sería inmortal. Tal vez quería redimir las culpas de su carne mortificando en el elevado andamio su carne y su pincel. O tal vez todo fue un pretexto para decirle a Giovanni que lo amaba…