Opinión

EN EL NOMBRE DEL SEÑOR

Juan Javier Campoverde

jj_campoverde@hotmail.com

@JuanCalambre

Hace pocos días en Francia, el mundo vio cómo soldados de una guerra religiosa consiguieron asesinar civiles inocentes por publicar una caricatura. Estos pseudoguerreros ya vienen haciendo cosas semejantes en otras partes del mundo, y por menos. Es un escándalo, nos da nausea.

Respeto y tolerancia no son precisamente atributos que vienen a la cabeza cuando pensamos en humanos en estado natural. No es la religiosidad la que nos hace intolerantes, somos intolerantes por naturaleza. La tolerancia y el respeto se aprenden como virtudes humanas, y se practican por convencimiento propio. Reprimiendo un impulso salvaje nos enfrentamos a la vida social.

En la práctica, es más fácil justificar que reprimir un deseo. Por eso la justificación es tan vieja como la humanidad, y se llama dios. La idea de dios justifica cualquier ley en su nombre, sin importar que conlleve a actos atroces. Es peligroso cuando la ética que dirige las acciones de los hombres proviene de una ley divina y no de un aprendizaje humano, porque nace el fanatismo.

Estos fanáticos en particular, asesinan tan a la ligera que a simple vista parece que estuviésemos frente a gente bárbara, o con un cociente intelectual pobre. Lo cierto es que su comportamiento obedece a una confusión, y no a una falta de intelecto, o barbarie. Sus acciones apuntan a un objetivo político que cualquiera apoyaría: el esfuerzo por mejorar la calidad de vida de una sociedad. Con un pequeño detalle: este objetivo político, a su vez, gira en torno a un objetivo superior: dios. Agradar a dios y hacer cumplir la ley dada por él es un motor que impulsa su noción de sociedad ideal; para los más fanáticos, aun a costa de asesinatos.

Si hemos de ser pragmáticos, quitar a dios de la ecuación eliminaría el problema. Permitiría que los valores de aquella cultura descansen sobre una base seglar, humana, y no divina. Sería como convertir gasolina en agua. Ninguna chispa conseguiría encenderlos. Sin su dios, los percibiríamos calmados, civilizados.

Ahora bien, ¿quién podría arrebatarle a dios a unos radicales, o a cualquiera? Cuando un personaje como dios está de por medio, ¿quién podría atreverse a juzgarlos siquiera? Para muchos, basta considerar que una vida vale más que una creencia para censurar excesos de este tipo. Sentimos que es imperativo denunciarlos, pues la intolerancia religiosa tiene límites que son extensamente superados por la libertad de expresión y los derechos humanos.

No obstante, en todas partes se cuecen habas. Hace menos de trecientos años, casualmente en Francia, los mismos católicos torturaban, mataban, decapitaban y quemaban gente (caso Caballero de la Barre), también  en el nombre de dios; por motivos más irrisorios que una caricatura. El motivo en el caso citado: no quitarse el sombrero delante de una procesión. Una vergüenza que los católicos hubiesen podido evitar, simplemente reconociendo la inexistencia de su dios. Aún no ocurre, aunque las persecuciones terminaron, pero eventualmente ocurrirá. En el futuro el mundo será ateo, es un hecho.

Estremece pensar que la intolerancia religiosa profesada por los católicos en Europa ocurrió hace tan poco. En el siglo XXVIII, si yo pintase un cuadro, aunque sea con palabras, escribiendo algo como que me produce placer escupir en la cara a la imagen del señor Jesucristo, o que vengo orinando sobre un crucifijo; yo sería condenado. Lo único que me salva es un montón de años de diferencia.

Afortunadamente para mí, esos días ya pasaron. Tal vez en trecientos años más, los musulmanes dejen de cometer abusos en nombre de dios. Parece ser el tiempo que los humanos necesitan para diferenciar entre los designios del más allá, y un crimen.

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