En el eco del silencio
Por: Yovana Cárdenas Lino
Desde Lima, Perú, para La Nación de Guayaquil, Ecuador.
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Hay momentos en la vida en los que el ruido del mundo se apaga, y en su lugar llega un silencio que desconcierta. No hay respuestas inmediatas, los planes se detienen, y sentimos que Dios ha guardado silencio. Pero quizás, en ese aparente vacío, se esconde el lenguaje más puro del Creador.
La fe se pone a prueba no cuando todo es claro, sino cuando reina la incertidumbre. “Dichosos los que creen sin haber visto” (Juan 20:29), dijo Jesús a Tomás, recordándonos que la confianza en Dios trasciende las evidencias. Ese es el misterio de la fe: creer cuando no hay señales, y mantenerse firme cuando no se escucha ninguna voz.
El teólogo Henri Nouwen escribió que “el silencio de Dios no es ausencia, sino presencia profunda”. En los tiempos de desierto espiritual, cuando el alma se siente sola, Dios está obrando interiormente, preparando una transformación. Es un tiempo de poda, de purificación y de madurez espiritual.
En la Biblia, los grandes personajes vivieron ese silencio. Job, tras perderlo todo, clamó sin respuesta: “He aquí, clamaré, y no seré oído” (Job 19:7). Sin embargo, al final comprendió que el silencio divino era parte de su proceso de conversión. El profeta Elías, en el monte Horeb, no encontró a Dios en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino “en el susurro de una brisa suave” (1 Reyes 19:11-12). Esa brisa —silenciosa, pero viva— fue la voz de Dios.
El Papa Benedicto XVI solía decir que el silencio es “el espacio donde la palabra de Dios puede arraigar”. Sin silencio no hay escucha, y sin escucha no hay encuentro. Vivimos en una época donde el ruido —externo e interno— nos roba la capacidad de oír el lenguaje de lo esencial. Dios, en cambio, susurra. Habla al corazón cuando este se vacía del ruido del mundo.
“Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos” (Mateo 22:14). Esta frase, tantas veces citada, no alude solo a una selección divina, sino al proceso interior de quien acepta ser moldeado. Ser elegido implica atravesar la noche del silencio, perseverar en la fe y permitir que ese silencio fecunde algo nuevo.
El psicólogo espiritual Anselm Grün explica que el silencio puede ser terapéutico, pues “en él el alma aprende a escucharse y a reencontrarse con Dios”. No hay crecimiento espiritual sin momentos de aparente vacío. Cada transformación profunda nace de la quietud, como la semilla que germina bajo la tierra antes de brotar.
Por eso, cuando parezca que Dios calla, no es que se haya ido: está obrando en lo invisible. La fe y el silencio no son ausencia, sino los instrumentos divinos de una metamorfosis interior. Es en ese silencio donde se revelan los nuevos caminos, los nuevos comienzos y las verdaderas respuestas.
Porque el silencio también es Palabra. Y la fe, su eco más puro.
