Opinión

EMOCIONES Y LOGROS ESPIRITUALES DE UNA VIAJERA

Lilian Alarcón Durán

Portoviejo/Manabí-Ecuador

 

Mi reciente viaje a Europa fue una experiencia indescriptible, una odisea a través de varios países que me dejó recuerdos imborrables y emociones profundas. Fue una travesía llena de aventuras, desafíos y descubrimientos que me llevaron a experimentar emociones múltiples, resistir largas caminatas, superar el cansancio, y disfrutar cada momento a pesar de las dificultades.

No podía resistir comprar recuerdos en cada esquina, lo que eventualmente resultó en un exceso de peso en mis maletas, también experimenté un momento embarazoso cuando, después de una larga espera en un baño, casi pierdo el autobús. Fue un pequeño susto que ahora recuerdo con una sonrisa. Aprendí a resolver problemas sobre la marcha, como reorganizar mi equipaje y asegurarme de no perder el autobús nuevamente.

La visita al Vaticano, centro del catolicismo, fue sin duda, una experiencia sobrecogedora, impresionante de por vida, diría yo, me encontré maravillada y, al mismo tiempo, desconcertada por la opulencia que lo rodea. La magnificencia de la Basílica de San Pedro, la imponente Capilla Sixtina y los innumerables tesoros artísticos y arquitectónicos parecían susurrar historias de siglos de devoción y poder.

Caminar por la Plaza de San Pedro, la vista de la impresionante cúpula de Miguel Ángel, un testimonio del ingenio y la dedicación humana, avanzar por los pasillos dorados y las salas llenas de pinturas y esculturas, comencé a sentí una sensación de desconcierto que surgió dentro de mí. La riqueza desbordante de estos lugares sagrados parecía contradecir los principios de humildad y servicio que Jesús predicó.

Es difícil no sentirse pequeña ante tanta grandeza, pero también resulta inevitable preguntarse sobre el origen y el propósito de tal acumulación de bienes. ¿Cómo es posible que, en un mundo donde tantas personas viven en la pobreza, la sede de la fe cristiana exhiba tal nivel de riqueza? Esta disonancia entre el mensaje de sencillez del Evangelio y la ostentación del Vaticano puso en jaque mi fe en quienes dicen representar a Dios en la Tierra.

La contradicción entre las enseñanzas de amor y humildad y la realidad de una institución tan opulenta me dejó perpleja.

La visita al Vaticano, aunque retadora, me ofreció una valiosa oportunidad para profundizar en mi propia espiritualidad y en la relación entre fe y práctica. A pesar de mi desconcierto, esta visita no debilitó mi creencia en Dios, sino que me motivó a buscar una comprensión más auténtica y personal de mi fe, independiente de las fallas humanas. De hecho, esta experiencia me enseñó que la verdadera esencia de la espiritualidad reside en el corazón de cada individuo, más allá de la opulencia terrenal.

En síntesis, de lo aprendido y asimilado, lo más valioso fue fortalecer lazos de amistad con el grupo de viajeros. Compartir esta aventura con personas de mi país y de otros, como Perú, Colombia y Argentina, fue una práctica realmente enriquecedora. Cada persona aportó su propia perspectiva y energía al viaje, creando un ambiente de camaradería y apoyo mutuo.  Si me preguntan si volvería a viajar con el grupo, la respuesta es un rotundo sí. Este viaje fue una montaña rusa de emociones y experiencias que me engrandecieron y me dejaron con ganas de más. Los momentos compartidos hicieron de este viaje inolvidable.