Economía

El embrollo de los aranceles a China

Son un impuesto a los consumidores y a las empresas de Estados Unidos que utilizan productos chinos en su producción

L as preguntas más frecuentes que recibo cuando hablo con gente que no es economista tienen que ver con los aranceles que Estados Unidos está aplicando a las importaciones de China. ¿Por qué la administración del presidente Donald Trump está haciendo esto? ¿Acaso los aranceles no son un impuesto a los bienes comprados por los consumidores norteamericanos? ¿Por qué Trump piensa que Estados Unidos puede “ganar” una guerra comercial con China? ¿Cómo responden los chinos a los aranceles actuales y a las amenazas de más en el futuro? Y así sucesivamente.

Por lo general comienzo mi respuesta acentuando que, al igual que todos los economistas, en general me opongo a los aranceles. Yo también prefiero un entorno en el que los gobiernos no interfieran con las importaciones y exportaciones, y en el que las empresas estadounidenses puedan operar libremente en países extranjeros.

Reconozco que tenemos un enorme déficit comercial con el resto del mundo (unos 800.000 millones de dólares este año, o 4% del PIB de EE.UU.) y que nuestro déficit comercial con China es alrededor de la mitad de ese total (unos 400.000 millones). Pero siempre destaco que nuestro déficit comercial general refleja el hecho de que Estados Unidos gasta más de lo que produce, lo que nos exige obtener la diferencia a través de importaciones netas.

Es difícil saber por qué Estados Unidos está imponiendo aranceles porque la administración no ha dicho claramente qué intenta lograr con esta medida. Una razón para la ambigüedad es que varios funcionarios de alto rango compiten para influir en la política comercial de Estados Unidos para China: el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, el representante de Comercio de Estados Unidos, Robert Lighthizer, el director de Política Comercial e Industrial de la Casa Blanca, Peter Navarro, y el secretario de Comercio, Wilbur Ross.

Es difícil saber por qué Estados Unidos está imponiendo aranceles porque la administración no ha dicho claramente qué intenta lograr con esta medida
EE.UU. presentó una reclamación ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) a comienzos de este año después de que una investigación extensiva confirmara que los chinos violan sus obligaciones con la OMC al exigir que las empresas extranjeras que hacen negocios en China tengan un socio doméstico y transfieran tecnología a esa empresa. Pero Estados Unidos no esperó que un fallo de la OMC confirmara su petición y autorizara la imposición de aranceles como una penalidad por la violación de las reglas por parte de China. Estados Unidos tampoco ha dicho que pondría fin a los aranceles si los chinos rescindieran su requisito ilegal de transferencia de tecnología.

Las autoridades chinas dicen que su política es clara: las empresas norteamericanas pueden tener acceso al mercado chino solamente si aportan su tecnología a cambio. Pero esta política está explícitamente prohibida por la OMC y no es una política que apliquen otros países. Y el presidente Xi Jinping recientemente confirmó la estrategia de China al anunciar que empresas extranjeras podían ingresar a la industria automotriz sin tener que compartir tecnología.

Cuando Mnuchin fue a Beijing hace unos meses para negociar con los chinos llevó una larga lista de cambios en la política económica china que Estados Unidos querría ver implementados, incluido el fin no sólo del requisito de transferencia de tecnología sino también de los subsidios del gobierno chino a varias industrias. Los negociadores chinos rechazaron la lista de Mnuchin, con el argumento de que era demasiado extensa y pretendía cambiar la naturaleza de la política económica de China.

Pienso que los responsables de las políticas deberían dejarles en claro a los chinos que Estados Unidos pondría fin a sus aranceles si los chinos dejaran de robar tecnología de las empresas norteamericanas. Esto incluiría la política china de exigirles a las empresas norteamericanas que transfieran tecnología a sus socios chinos como condición para hacer negocios en China, así como la práctica china de tomar tecnología directamente de empresas estadounidenses a través del espionaje cibernético y otros métodos ilegales.

El coste de los aranceles no es grande en relación al beneficio que se obtendría si Estados Unidos lograra convencer a China de dejar de tomar ilegalmente tecnología de empresas norteamericanas
El gobierno chino aceptó terminar con el robo cibernético por parte del gobierno de tecnología industrial cuando el entonces presidente Barack Obama se reunió con el presidente chino, Xi Jinping, en 2013 y presentó pruebas de esa actividad por parte del Ejército Popular de Liberación. Pero ese acuerdo no cubría el robo por parte de empresas estatales y firmas privadas. Las negociaciones deberían cubrir todas las formas de robo de tecnología.

Trump y otros funcionarios de Estados Unidos piensan que una guerra arancelaria con China se puede ganar porque China exporta alrededor de cuatro veces más a Estados Unidos de lo que ellos exportan a China. Estados Unidos puede entonces imponer una carga mucho mayor a los exportadores chinos de lo que los chinos pueden imponer a los exportadores estadounidenses. La economía china también es mucho más dependiente de las exportaciones que la economía de Estados Unidos.

Los aranceles son, en efecto, un impuesto a los consumidores y a las empresas de Estados Unidos que utilizan productos chinos en sus procesos de producción. Pero el alza de precios que los norteamericanos pagan por las importaciones chinas y la resultante pérdida de ingreso real es muy pequeña. Las importaciones anuales de China totalizan unos 500.000 millones de dólares. Si Estados Unidos impone un arancel general del 25%, el aumento en el costo para los compradores norteamericanos -suponiendo que no haya un cambio en los precios cobrados por los exportadores chinos- sería de 125.000 millones de dólares. El ingreso nacional de Estados Unidos supera los 20.000 millones de dólares, de modo que el mayor coste sería poco más del 0,5% del gasto total de Estados Unidos. Y, como los exportadores chinos probablemente reducirían los precios de algunos de sus productos, el mayor coste para los compradores norteamericanos sería inferior a 125.000 millones de dólares. Es más, los compradores norteamericanos trasladarían parte de sus compras a productos producidos por empresas estadounidenses o a importaciones de otros países, reduciendo aún más el coste neto.

En resumen, el coste de los aranceles no es grande en relación al beneficio que se obtendría si Estados Unidos lograra convencer a China de dejar de tomar ilegalmente tecnología de empresas norteamericanas. La Casa Blanca debería dejar en claro que éste es el objetivo de la política de EE.UU., y que los aranceles se eliminarán desde el momento en que los chinos cumplan sus obligaciones con la OMC.

ABC