EL TRANVÍA DE GUAYAQUIL
Ermel Aguirre González/Guayaquil.
El Esplendor del tranvía guayaquileño a finales del siglo XIX, cuando la ciudad de Guayaquil, despertó al tintineo de los primeros tranvías.
En sus inicios, estos pesados cajones de madera no se movían con motores, sino por la fuerza de acémilas (burros, mulas y caballos) que arrastraban las estructuras sobre rieles primitivos, desafiando el lodo y el calor tropical.
Los cocheros, armados de látigos y silbatos, abrían paso entre pregoneros y carretas.
Luego vinieron, una época revolucionaria en servicios, como la inauguración del sistema eléctrico, el vestuario y modernas costumbres.
La verdadera metamorfosis llegó a inicios del siglo XX con la energía eléctrica, los nuevos tranvías, resplandecientes y veloces, se convirtieron en el orgullo de la «Perla del Pacífico».
Subirse a uno de aquellos, era todo un acontecimiento social, que exigía etiqueta: los caballeros, lucían impecables trajes de lino o dril blanco, chalecos bien ceñidos y sombreros de paja toquilla o de fieltro.
Las damas, desplegaban elegancia con vestidos largos de encaje, sombrillas para cubrirse del sol tropical y con abanicos que se movían al compás del trayecto.
Las costumbres y anécdotas de la época, eran asombrosas, como la de viajar en tranvía; que era el termómetro cultural de la urbe.
Se respetaba rígidamente la cortesía: ceder el asiento era una norma inquebrantable.
Entre las anécdotas más recordadas resuena la viveza de los guayaquileños: muchos jóvenes esperaban los giros bruscos en las esquinas de la calle Pichincha o el Malecón para «rozar» accidentalmente las manos de sus pretendidas, con lo cual burlaban la estricta vigilancia de las chaperonas.
El tranvía, no solo acortó distancias; tejió la identidad de una ciudad vibrante que avanzaba con prisa hacia la modernidad, para dejar recuerdos inolvidables e imborrables; como los tañidos de campanas de las iglesias de la ciudad, los furtivos romances, de las parejas de jóvenes enamorados, refugiados bajo la sombra cómplice de los postes, faroles de las calles y bancas de los parques, o recorrer las empedradas o polvorientas y angostas calles de la porteña y cosmopolita ciudad.
Quienes deseen revisar libros, álbumes con fotografías b/n, algunas restauradas y colorizadas de todas las ciudades ecuatorianas; considerados, verdaderas joyas; entre ellos: «Guayaquil a la vista”(1920), del sacerdote catalán Juan B. Ceriola; “Estampas Quiteñas” con las escenas: don Evaristo Corral y Chancleta, personaje principal del autor señor Alfonso García Muñoz escribió relatos cortos, en tono de burla y sátira como crítica a la sociedad quiteña de su época; «El Ecuador en Chicago”; publicado por don Belisario Torres, dueño del periódico Diario de Avisos; la estupenda obra “ECUADOR” Guía Comercial Agrícola e Industrial de la Republica; entre otros; qué por la abundancia informativa y el peso de los volúmenes, no es posible compartir en los “chat «de los grupos.
