Opinión

El toro se hizo guitarra… “al precio de dos Ferraris”

Javier Herrero.

@Efe

“Una locura” ideada hace tres años maridó a una de las más célebres marcas de guitarras estadounidenses con unas emblemáticas bodegas españolas cuyo símbolo es un toro para alumbrar una pieza de museo, una Gibson SG que representa a este animal y cuyo valor es difícil de calcular.

Hace más de un siglo llegaron al Puerto de Santa María (Cádiz, sur), donde se ubica la bodega Osborne, los troncos de roble de los montes Apalaches que servían para nivelar y que no zozobraran los barcos mercantes procedentes de EE.UU. Convertidos en barricas centenarias, durante todo este tiempo en ellas han envejecido los famosos caldos de esta casa y en ellas han tomado sabor, aroma y color.

Con la idea de volver a dotar de vida a aquella madera, surgió el proyecto de construir una guitarra muy especial a partir del modelo de Gibson que más parecido guarda por su testuz con el emblema de Osborne.

Así fue como, tras desmontar una de las barricas, aquel material retornó al país en el que había crecido, muy cerca de los Apalaches, concretamente hasta “la fábrica de las cosas imposibles”, la Gibson’s Custom Shop de Nashville, en el estado de Tennessee, para afrontar el “reto” de convertir esa madera curva en una pieza estable y recta.

“Ha sido un proceso largo y difícil”, reconocieron hoy en Madrid, en la presentación de la guitarra, los representantes de las dos empresas implicadas en su elaboración.

El mismo modelo que en el pasado tañeron Angus Young, Frank Zappa, Eric Clapton o el Santana de Woodstock presenta ahora un aspecto remozado e imponente, cuidado hasta el detalle con el toro de Osborne grabado, incrustaciones de madreperla en el mástil, trasera de caoba del color del vino tinto y “hardware” chapado en oro de 14 quilates, brillante como el fino de Jerez.

“No tiene precio”, aseguran los responsables de esta joya de la que solo se han elaborado dos unidades. “Con lo que ha costado, no se podrían pagar ni dos Ferraris”, reconocen después.

Una de las guitarras se preservará en Nashville y la otra viajará al Puerto de Santa María, a la espera de que se construya el futuro Museo de Osborne, donde se exhibirá junto al resto de las obras de arte de la colección familiar mientras llegan ocasiones especiales en que volverá a ser tocada.

Solo unos pocos privilegiados tendrán oportunidad de tañir sus cuerdas, y el ganador de un Grammy Latino Diego García, el Twangero, ha sido uno de los primeros.

“Pesa poco y está muy equilibrada, incluso del mástil, que es de donde más suele tirar una Gibson SG cuando te sientas. Es muy ergonómica. Yo digo que está hecha para tocar rock, de pie”, explicó.

García solo lamentó que la guitarra vaya a convertirse en pieza de museo. “Tiene un sonido espectacular”, dijo antes de arrancarle sonidos de rock y de funk, con “mucho twang” (la onomatopeya que describe el sonido que hace la cuerda al vibrar tras soltar la presión sobre ella), unos más dulces, otros con un punto de agresividad. Y además, dicen, “aún huele un poco a vino”.

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