Opinión

El tiempo de Borges

Jorge Alania Vera

Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

 

Al dedicarle su libro Los Conjurados a María Kodama, su alumna y asistente a la que llevaba casi 40 años, Borges escribió esta bellísima declaración de amor: “De usted es este libro, María Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que está sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las láminas? Sólo podemos dar lo que ya hemos dado. Sólo podemos dar lo que ya es del otro. En este libro están todas las cosas que siempre fueron suyas…

Que siempre fueron suyas…Borges, sabía que no es un amante quien no ama para siempre, como escribió el filósofo griego Eurípides hace dos mil quinientos años. Y sabía, asimismo, que “estar contigo o no es la medida de mi tiempo” como le dijo a María Kodama. No se  refería al tiempo de Heráclito, quien afirmó que nadie se baña dos veces en el mismo río, a Kronos, el tiempo sucesivo de la vida y sus azares, sino a  Kairos, ese instante fugaz, ese momento de plenitud que sucede en un tiempo nuevo en el que “algo” pasa” en nuestras vidas, ese tiempo que dura una eternidad porque se transforma en un siempre y deja una huella imborrable en la historia de cada quien.

Es Kairos el que extrañamos, el tiempo de Borges, el tiempo que no queremos y no podemos olvidar, el tiempo de la vida, al que se refirió García Márquez cuando escribió  en un epígrafe: “La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.” Ese mismo tiempo al que alude Oscar Wilde cuando afirma que   podemos pasarnos años sin vivir  en absoluto y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

El tiempo de Borges es el tiempo del poema de los dones y de María Kodama, aquel que fue necesario en los siglos de los siglos para el instante eterno “en que nuestras manos se encontraron.” El otro es “el horror de vivir en lo sucesivo”, aquel  tiempo que le permite “convertir el ultraje de los años en una música, un rumor y un símbolo.” El mismo  que le dicta este cuarteto: “Mirar el río hecho de tiempo y agua/ y recordar que el tiempo es otro río,/ saber que nos perdemos como el río/  y que los rostros pasan como el agua.”

Nuestra vida transcurre entre esos dos tiempos, el Kronos y el Kairos. Uno se mide en horas, días, años…El otro no se puede medir porque es fulgurante y a la vez eterno, porque es el punto de encuentro entre nuestro destino y nuestra historia. Como aquel en el que vi a mis hijos por primera vez. Como aquel en el que estuve seis horas – “que son en la memoria un instante” -conversando a solas con los protagonistas de esta columna: Borges y María Kodama.