Opinión

El temblor de Arguedas

Jorge Alania Vera
Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

Nuestro gran escritor José María Arguedas, escribió novelas cuyos textos hunden sus raíces en la tierra hollada y ancestral de nuestros mayores. Escuchó, como nadie antes ni después, la voz y el latido de todas las sangres y sintió el caudal de los ríos profundos que no se ven pero que fluyen formando la heredad que somos y que siempre seremos.

Pero José María, escribió también poesía, muy poca, pero de gran calidad y que como sus novelas son un testimonio de lo que ha podido ser el Perú, en su bicentenaria historia oficial.

“Dicen que tiembla la sombra de mi pueblo/ está temblando porque ha tocado la triste sombra del corazón/ de las mujeres/ No tiembles dolor, dolor/ ¡la sombra de los cóndores se acerca!” dice en sus primeros versos su poema Temblor. Y añade: “¿A qué viene la sombra? / ¿Viene en nombre de las montañas sagradas/ o a nombre de la sangre de Jesús? / No tiembles; no estés temblando/ no es sangre; no son montañas/ es el resplandor del Sol que llega a la pluma de los cóndores/ tengo miedo, padre mío”.

Para contrarrestar su miedo, Arguedas, recurre a sus semejantes. “No es el sol, es una luz/ ¡levántate ponte de pié, recibe ese ojo sin límites/ tiembla con su luz/ sacúdete como los árboles de la gran selva/ empieza a gritar. / Formen una sola sombra hombres, hombres de mi pueblo/ todos juntos todos juntos/ tiemblen con la luz que llega/ beban la sangre áurea de la serpiente dios./ La sangre ardiente llega al ojo de los cóndores/ carga los cielos, los hace danzar/ desatarse y parir, crear. / Crea tú, padre mío, vida/ hombre, semejante mío, querido.”

Conmueve escuchar al hombre que se mataría después, pedirle a su Señor que cree vida y pedirle lo mismo a sus semejantes. Es que la vida para él era una comunión con aquel o aquella que estaba cerca y que era una hebra del gran tejido de su comunidad. Y con los cóndores del cielo y los árboles de la tierra y el pongo y el zorro (el de arriba y el de abajo). Y con Justina, su warma kuyay, su amor de niño a quien amaba “como a los animales y las fiestas indias, las cosechas, las siembras con música y jarawi” con quienes vivió “alegre en esa quebrada verde y llena del calor amoroso del sol, hasta que un día me arrancaron de mi querencia, para traerme a este bullicio, donde gentes que no quiero, que no comprendo”.

La poesía de Arguedas es un ruego pero a la vez una imprecación. Como lo fue su vida hasta la mañana del 28 de noviembre de 1969, en la que probablemente añorando a Justina y a las fiestas de su niñez, recordó esa confesión tan tierna y desgarradora de su cuento Warma Kuyay: “Kutú se fue, mientras yo, aquí, vivo amargado y pálido, como un animal de los llanos fríos, llevado a la orilla del mar, sobre los arenales candentes y extraños”