Opinión

El teléfono rojo

Nota del editor: Wendy Guerra es escritora cubanofrancesa y colaboradora de CNN en Español. Sus artículos han aparecido en medios de todo el mundo, como El País, The New York Times, el Miami Herald, El Mundo y La Vanguardia. Entre sus obras literarias más destacadas se encuentran “Ropa interior” (2007), “Nunca fui primera dama” (2008), “Posar desnuda en La Habana” (2010) y “Todos se van” (2014). Su trabajo ha sido publicado en 23 idiomas. Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora. Mira más en cnne.com/opinion

(CNN Español) — Nadando sobre las cristalinas aguas que bañan Cayo Carenas descubrí la antena de un submarino ruso paseando sigiloso por la bahía cienfueguera. En esa misma playa encontré una chaska, sombrero ruso que usan allí para protegerse del frío. Tomábamos el té en un samovar rojo, pintado a mano, que le vendió una soviética a mi madre al final de su labor en la central termonuclear, esa que jamás entró en funcionamiento, pero que trajo a la isla múltiples expertos procedentes de las diferentes repúblicas que, por entonces, conformaban ese Estado.

Ya en La Habana, en el Reparto Kohly, conocí a varios niños cubanos que no eran pioneros José Martí como yo, sino estudiantes de la escuela rusa en la capital; me llamó la atención que vestían un uniforme diferente y cada mañana los recogía un autobús escolar frente a su casa. Ese elegante barrio, colmado de militares cubanos y soviéticos, custodiado y limpio, funcionaba como un reloj. El sabor al chocolate que vendían “las rusas” en el mercado negro forma parte de nuestras primeras sensaciones foráneas, las conservas de frutas, carnes y verduras de los supermercados y diplomercados, el caviar rojo y negro, interpretado como “mermelada de pescado” por algunos cubanos, las clases de ruso por radio, los dibujos animados soviéticos con su ritmo lento y su famoso héroe militar “Tio Stiopa”, sus filmes de estilo parsimonioso y meditativo, el gusto por las efemérides y las consignas, vallas, esculturas y afiches políticos a gran escala que heredamos de ellos y que forman parte de nuestra realidad.

En la secundaria básica mi generación no estudió inglés sino ruso, los pesados armamentos soviéticos utilizados durante los entrenamientos en la asignatura Preparación Militar, y aquel casco de Yuri Gagarin que dibujábamos en la escuela con la inscripción CCCP, nos guste o no, son piezas claves de nuestro imaginario socialista. Tuvimos exigentes profesores de Música y Ballet Clásico, originarios de la tierra de Igor Stravinsky y Mikhail Baryshnikov, y las becas para estudiar carreras universitarias de Arte, Ciencias, Humanidades y Deportes, eran, esencialmente, una inmersión de cinco o seis años en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ese lugar helado y remoto donde un cubano intentaba adaptarse y fluir en el temperamento y la cultura rusa. Intentamos descifrarlos, asumirlos y hasta imitarlos ideológicamente, pero hubo algo que nunca pudieron lograr de los hombres cubanos los tovarich: su costumbre de saludar con un beso en la boca. Nuestro machismo tropical no se permitió esa concesión.

Cuando en 1991, tras el desmembramiento de la URSS, los “bolos”, como los llamamos popularmente por su aspecto tosco, desaparecieron de nuestras vidas, no los extrañamos. Y es que, salvo algunas excepciones, y aquellos que fundaron una familia en la isla, los rusos no se integraron a la vida doméstica nacional. Quizás arrastraban demasiados misterios o misiones secretas que les impedían tomarse un trago de ron con nosotros, relajarse, bailar en los carnavales, irse de campismo y explicar sus vidas a los cubanos, esos caribeños que lo narran, preguntan y se lo cuentan todo, o casi todo… a todos.

Repasando nuestro nexo con esa nación, en particular los sucesos acaecidos en octubre de 1962 durante la Crisis de los Misiles, y aquel famoso teléfono rojo que, al borde de un holocausto nuclear, conectaba en línea directa a Nikita Khruschev desde el Kremlin en Moscú con la Casa Blanca de John F. Kennedy en Washington, advierto que esta historia posee una estructura dramatúrgica circular. Ahora que los mapas vuelven a cambiar de color, noto que las diferencias ideológicas se hacen cada vez más marcadas, que los debates, cumbres y cónclaves no logran resolver los agudos conflictos del ser humano más allá de las doctrinas y los egos de ciertos gobernantes eternizados en el poder.

Al estudiar los efectos de la famosa Cortina de Hierro, de vivir en carne propia la experiencia ruso-cubana y sus consecuencias en la política internacional, de ser educada bajo la interpretación criolla de la doctrina marxista leninista, no queda más que alarmarme ante la frase del viceministro de Relaciones Exteriores ruso Sergéi Ryabkov, en respuesta a una pregunta del canal de televisión RTVI (Televisión Rusa Internacional) sobre el despliegue de tropas rusas en Cuba y Venezuela, «No quiero confirmar nada (…) ni lo descarto». ¿Será que volvemos a los tiempos de la Guerra Fría, el mundo se polariza y el teléfono rojo ha comenzado a sonar insistentemente?