Opinión

El Sueño Secreto

Gonzalo Escobar V./ EE.UU

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Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.

– Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, Jorge Luis Borges.

Cuando era muy pequeño (tres o cuatro años), mientras ilustraba un cuento que inventé, me distraje con un libro; tuve un sueño.

Más de dos décadas después, se acerca el final del año. Mi padre está por viajar a Colombia, pasaría Navidad con mis hermanos. Pero se accidenta, así que debe quedarse en Ecuador, y mi madre con él; G no sale de California por el nuevo virus; L no tiene a quien recibir. La calefacción se dañó dos días antes de Noche Buena, y el ático, frío de por sí, creó la necesidad de abrigarme más dentro de casa que afuera; carajo.

Como mi madre ya no venía, yo estaría en su lugar en Nueva Jersey donde mi tía M, ya no en Long Island donde mi tía A. Y bueno, Noche Buena llegó y fue un desastre. Por razones suficientes y de más la cena en casa de M se canceló, también; y M, que cuida a mi abuelo de 97 años y es senil, lo regresó al Bronx para que descanse. Pocos de la familia tuvieron su cena tradicional, y aun estas fueron improvisadas o apuradas. Al fin que todos mis hermanos, y los demás, pasaron todos separados; padres, hermanos, tías en estados o países diferentes. Es solo una fecha. La expectativa anual de vernos con familia o amigos, como todos, su ausencia fácilmente puede incomodar, pero realmente es una cuestión de perspectiva. Una saga de inconvenientes y errores fue esto (ha sido todo.)

Yo, sin calefacción ni donde ir, comí una hamburguesa y un cheesecake en un Diner americano, porque no había absolutamente nada más abierto; al menos la escena era absolutamente americana, típica, un comedor tan acogedor que no abundan por hoy, no en el área de Nueva York (o qué se yo): los manteles son de papel, con anuncios de negocios locales, su clientela depende del barrio, su calidad no es excelente pero no declina, confiable. Finalmente fui a un bar de mala muerte; hasta eso cerró. Terminaría la madrugada solo en un ático helado.

Pero me gusta caminar, de pequeño mi padre me hacía caminar mucho cuando viajábamos, o en general. Me gusta caminar y ver con algo de calma el mundo, y verme con algo de calma. En ese trayecto vagabundo, esa noche, tres magos se turnaron para hablar y decirme que el héroe, desde el génesis, tiene tres virtudes: la visión, la voz y el valor.

Aprendí de un inmortal, mi ruso favorito, cuando se imaginó que era un hombre despreciable y me contó de esa vida, que por el solo hecho de ser humanos, siempre encontraremos la forma de hacernos miserables. No importa cuánto logremos o mejoremos, toda comodidad o bonanza que consigamos, cualquier medio para facilitar nuestras vidas vendrá con mal; si tenemos techo y comida, queremos mejor techo y comida, o pertenecer a otro grupo, o desear algo o a alguien más; algo será motivo de descontento. En toda invención viene incluida una falla o problema, que resolveremos con otra invención imperfecta, y es un ciclo.

Él vivió muchas vidas que me contó, yo solo le conté que en la mía me vendí una mentira: por muchos años las sanguijuelas se engordaron con el éxito de mi padre, y luego estos parientes o amigos lo encerraron por un año, y nos acosaron por muchos más; yo terminaba el colegio y sin saber qué hacer ante la crueldad, me convencí, me dije “odia”. El artista respondió “sobre todo, no te mientas a ti mismo, o perderás la capacidad de amar.” De la miseria y el origen del mal, solo nos puede salvar la aceptación de nuestra condición humana, entonces haremos las paces con el mundo. Y aunque cueste, el amor puede redimir todo, aunque uno se vuelva idiota. Al final, al escritor lo mató el vicio y la pena.

El artista me enseñó a darle voz a mis emociones.

Luego, el profeta renegado y asesino de dioses, reverso de la moneda, en su desacuerdo con el ruso igual le reconoce como “el único que me ha enseñado algo de la psicología.” Y me sentenció “sigue descendiendo, si encuentras la salida del abismo romperás las cadenas, irás más allá del bien y del mal.” Le respondí que envidiaba a los demás, cómo se enamoraban y reían y encontraban donde pertenecer. “Si!” exclama, “que sea brújula de tu deseo, la envidia. El rebaño condena lo que desea sin atreverse a tomarlo y adora lo que no desean tener. Abraza el dolor, te enseña qué es valioso. Mira las generaciones que asesinaron a sus dioses y me echan la culpa, mira como inventan credos para perdonarse el peso de sus propias consciencias; ellos le pertenecerán a todo menos a sí mismos.”

Pero si no hay dioses ni reglas, y todos deambulan bajo la guía de miedos secretos, qué hay después del dolor, del abandono y la derrota… “¡Amor Fati!” declaró, “hiciste y harás lo mejor y único que puedes con lo que eres y tienes. Todo es como debe ser, arrepentirse es blasfemia; ríete de las penas, si no te matan, serás más fuerte, y si te matan, no importa. Incluso en la derrota tendrás más, o acaso el fracaso de Alejandro y Cesar no eclipsan el logro de generaciones enteras.” Entonces entendí: fe, fe inquebrantable, voluntad irrenunciable para ser más sobre los demás, y cuando el mundo falle, yo seguiré siendo yo. Sé como un niño, cuando todo es nuevo y creas el mundo. Al final, al filósofo lo mató la locura.

El sabio me enseñó a ver al ser más allá de lo humano.

Y un rey de reyes vino con un libro llamado Meditaciones. No es realmente un libro, ni un tratado de filosofía… No. Era el diario de un emperador romano; la historia lo recuerda como un ideal, su figura de mármol en pedestales. Era emperador del mundo, y no lo consumió la tiranía. Gobernó casi 20 años, hasta su muerte, y aunque pasó muchas miserias, le dio una edad de oro a los demás. Claro que la historia lo idealiza más de lo debido. Pasó tantos años en guerras fronterizas que solo

con eso hay que cuestionar: cómo gobernó tan bien, si nunca estaba en el corazón de su Imperio. Sus fallas no podrían restarle admiración, solo crecerla por ser humano.

Él practicaba mucho lo que decía, o eso dicen. Yo le confesé que me había perdido navegando el sendero interno, y no sabía ya como retomar control del externo, me estoy desesperando. Me dijo, más o menos: “Hoy me levanto, y seré decepcionado, traicionado, atacado, pero el mundo es así, las personas son víctimas de su propia ignorancia y no puedo controlarlas, solo mi respuesta a sus acciones.” Ni el rey del mundo tiene control. No hay adversidad que la naturaleza no nos haya hecho capaces de resistir… porque si no, moriríamos. La parte de morir no la dice, pero es así. Si no eres capaz de soportar una adversidad, te consumirá hasta terminarte. Al final, por una confusión tuvo que ejecutar a su mujer por traición, y su hijo degeneró su legado.

El monarca me enseñó el valor de actuar con virtud.

Qué difícil es vivir y morir por tus virtudes. Pero que vacío debe ser no tener una por qué hacerlo. La virtud de decir y hacer con coherencia, parece ser una locura ante la incongruencia general del mundo. Tanto ejercicio en lo inútil quienes gastan tiempo aprendiendo cosas que nunca harán, tantas plegarias vacías, deshonestas. Tantas veces, ni los más grandes sabios se hacían caso. Al final, de las frías calles con sus colores difuminados por la humedad, regresé solo a mi ático helado.

Entonces repasé: la mujer que fue (que ha sido), el amor de mi vida, alguna vez mi mejor amiga, celebra con su nuevo esposo y bebé en una parte de España, donde está enterrado mi hermano. Mis amigos están todos en Ecuador. Yo estoy solo, sólo con mis sueños en Nueva York, la ciudad muy grande, está fría, vacía; pero todas mis decisiones, hasta las malas (abundantes) fueron deliberadas para traerme aquí; yo escogí este camino, hace muchos años. De formas y momentos extraños, el mundo y mi terquedad me han acorralado en la senda de una meta, aunque apenas he llegado al inicio del camino. Pero la verdad es que ni sé cómo cumplirlos, pasé tanto tiempo soñándolos y protegiéndolos de decepciones que olvidé planificarlos, los guardé con tanto recelo que pensé que los había matado.

Ya han pasado días y es la última noche del año. Saldré a caminar por la ciudad, aunque el fin de año no es como muchos puedan imaginar, menos con la plaga inyectando pánico otra vez. Pero Nueva York deslumbra hasta en las malas noches. Lo que no puedo dejar de pensar es: ¿Por qué? ¿Por qué valen tanto los sueños? ¿valen los sacrificios, qué los justifica sobre todo lo demás? ¿Y si solo son vanidad, algún delirio del orgullo? Pero ya intenté vivir sin esos sueños; intenté, aunque intenté a medias y sin ganas. Fue como caminar muerto por los años de mi juventud; acaso me hubiese vuelto un gran abogado en el tercer mundo, hubiese hecho las paces con mis malos momentos y hubiese disfrutado más de mis amigos, hubiese hecho más amigos, me hubiese enamorado… Cuál es el precio de los sueños. Cuál es la justificación de los sueños.

Yo hice lo que quise, de buenas o malas, y tengo aun el privilegio del tiempo y la libertad. Sin importar la apariencia de errores, no hay amistad o amor, ningún paraíso perdido, porque todos eran una desviación. Me he trazado de tal forma que solo pueda haber victoria o derrota, nada en medio. Un día agarré mis cosas y dejé atrás un posible amor, a mis mejores amigos, y un futuro cómodo. ¿Podría pensarse que fue triste, que me siento miserable? Podría pensarse que no tengo nada, cuando la verdad no necesito nada; pero hay cosas que quiero. El aislamiento es un regalo.

Todo lo demás una prueba de mi resistencia, y la persistencia de mi sueño. Habrá muchas derrotas antes de la victoria, y en la victoria la lucha por mantenerla. Y amo mi destino.

Cuando era muy pequeño me distraje y tuve un sueño; qué terco y absoluto resultó ser.