Opinión

EL SANTO NEGRO

Nila Kantha de Aguiar

niladeaguiar@gmail.com

 

 

 

Martín de Porres o Porras fue hijo de un noble burgalés, caballero de la orden de alcántara, Juan de Porres y de una negra liberta, Ana Velázquez, natural de Panamá que residía en Lima Perú

Su padre no podía casarse con una mujer de su condición, negra y pobre, lo que no impidió su unión con Ana Velázquez. Fruto de esta relación nació Martín y, dos años después, Juana, su única hermana.

Ana Velázquez dio cuidadosa educación cristiana a sus dos hijos mientras que Juan de Porres estaba destinado en Guayaquil, y desde ahí les proveía de sustento. Viendo la situación precaria en que iban creciendo, sin padre ni maestros, decidió reconocerlos como hijos suyos ante la ley. En su infancia y temprana adolescencia sufrió la pobreza y limitaciones propias de la comunidad de afro o negra en que vivió.

Al ir creciendo se formó como auxiliar practico de barbero y herborista en la edad de quince años, y por la invitación de Fray Juan de Lorenzana, famoso dominico, teólogo y hombre de virtudes, entró en la Orden de Santo Domingo de Guzmán bajo la categoría de «donado», es decir, como terciario por ser un  hijo ilegitimo y negro  (recibía alojamiento y se ocupaba en muchos trabajos como criado). Así vivió nueve años, practicando los oficios más humildes. Fue admitido como hermano de la orden en 1603. Perseveró en su vocación a pesar de la oposición de su padre, y en 1606 se convirtió en fraile profesando los votos de pobreza, castidad y obediencia.

De todas las virtudes que poseía Martín de Porres sobresalía la humildad siempre puso a los demás por delante de sus propias necesidades.

La situación de pobreza y abandono moral que estos vivían le preocupaban; es así que con la ayuda de varios ricos de la ciudad – entre ellos el virrey Luis Jerónimo Fernández de Cabrera y Babadilla, IV Conde de Chinchón que en propia mano le entregaba cada mes no menos de cien pesos – fundó el Asilo y Escuela de Santa Cruz para reunir a todos los huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa situación.

Martín siempre aspiró a realizar vocación misionera en países alejados. Con frecuencia lo oyeron hablar de Filipinas, China y especialmente de Japón y África, país que alguna vez manifestó conocer. El futuro santo fue frugal,  célibe y vegetariano. Dormía sólo dos o tres horas, mayormente por las tardes. Usó siempre un simple hábito de cordellate blanco con una capa larga de color negro. Alguna vez que el Prior lo obligó a recibir un hábito nuevo y otro fraile lo felicitó risueño, Martín, le respondió: «pues con éste me han de enterrar» y efectivamente, así fue.

Martín de Porres fue confidente de San Juan Macías fraile dominico, con el cual forjó una entrañable amistad. Se sabe que también conoció a Santa Rosa de Lima, terciaria dominica, y que se trataron algunas veces, desarrollando una gran amistad.

Casi a la edad de sesenta años, Martín de Porres cayó enfermo y anunció que había llegado la hora de encontrarse con el señor, eran las 9 de la noche del 3 de noviembre de 1639 en la  capital del  virreinato del Perú, toda la ciudad le dio el último adiós en forma multitudinaria donde se mezclaron personas  de todas las clases sociales. Altas autoridades civiles y eclesiásticas lo llevaron en hombros hasta la cripta, doblaron las campanas en su nombre y la devoción popular se mostró tan excesiva que las autoridades se vieron obligadas a realizar un rápido entierro.

Unos de los dones o milagros más sorprendentes del único santo negro de las américas  es el don de la bilocación. Sin salir de Lima, se dice que fue visto en algunos países como México, China, Japón y África en este último defendiendo a su pueblo de las misiones esclavistas.