Opinión

El rockero miserable

Jorge Alania Vera

Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

“No quiero que Francis sea una rockera miserable y autodestructiva como yo…” escribió Kurt Cobain momentos antes de dispararse en la boca luego de inyectarse una triple dosis de heroína y beber unas cervezas. “ Su vida será más feliz sin mí” escribió con la lucidez atroz de la muerte.

Son ya 25 años de ese disparo en la noche de Seattle. “Tengo un dolor crónico sin cura en el estómago y durante cinco años quería suicidarme todos los días. Estuve a punto de hacerlo varias veces”, le dijo a la revista “Rolling Stone”. En una oportunidad, en efecto, lo hizo y estuvo varias horas en coma. Pasó por un centro de rehabilitación de adictos, Exodus, en Los Ángeles, pero se escapó a los dos días. Algo tenía, sin duda, pero el aluvión de heroína que se inyectó se lo llevó todo, incluido ese algo, no dejando acaso nada más que esa frase de extrema compasión para su niña.

El nombre de su famosa banda, Nirvana, era ya un presagio. La plenitud de la conciencia a la que aspiraba desde la oscuridad de sus escombros. Kurt Cobain, el endeble y debilucho muchacho que quería siempre más y más pero que lo buscó donde hay sólo desolación, devastación, muerte. Este año más de un millón de estadounidenses morirán de sobredosis de drogas mientras en todas las parte del mundo los carteles que las producen y comercializan se multiplican por doquier.

Francis Bean no ha seguido los pasos de su padre, aunque las huellas de su periplo deben haberle dejado marcas muy profundas. Kurt Cobain quería ser famoso y lo consiguió. ¿Por qué se autodestruyó después? ¿O es que ya estaba destruido y quiso terminar la tarea con sus propias manos?

La crisis de las drogas es pavorosa en el mundo. Cada semana aparecen nuevas, más letales, más tóxicas y más baratas. Las personas quieren estimularse, enardecerse, adormilarse, gozar, experimentar. Recuerdo el verso de Cardenal sobre Marylin Monroe: “Tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes”.

En recuerdo de Kurt, el muchacho de Seattle estragado por la heroína, quiero dejar unas palabras para los grupos de Narcóticos Anónimos que desean rehabilitarse, recuperarse, volver a vivir. Es aleccionador verlos, en algunas parroquias, con sus rostros marchitos y neuróticos dar su batalla personal contra la adicción. Las drogas los aprisionaron pero no para siempre. Desde el fondo de su humana condición tratan de emerger limpios, salvos, purificados, libres. Como en la película, El Vuelo, protagonizada por Denzel Washington, el alcoholizado piloto va a la cárcel pese a haber sido considerado en un primer momento un héroe, y al mismo tiempo a Alcohólicos Anónimos en donde empieza su recuperación. Tras las rejas y tiempo después, tranquilo y en paz diría: Nunca fui tan libre como aquí…