Opinión

El río Guayas

Dr. Juan Carlos Faidutti Estrada/Guayaquil

Hace pocos días, se me ocurrió caminar por el Malecón. Tuve la suerte de ver nuestro río Guayas con la marea alta. Se trataba de un hermoso paisaje limitado hasta llegar al primer puente de Samborondón. Allí tenemos que aceptar que termina el Guayas. Bombardeado por una serie de islotes, producto de los sedimentos que arrastra, sobre todo del río Daule.

Según algunos técnicos por la necedad de construir la represa Daule -Peripa, la que, obteniendo resultados similares, pudo haber sido construida mucho más abajo, ahora se ha iniciado una propaganda de que con menos millones de lo que había acordado el Consejo Provincia anterior se limpiará el Guayas de tantos sedimentos.

Se entiende que lo que se quiere hacer es desaparecer ese islote enorme que está en medio río y que por un milagro no ha sido invadido por los traficantes de tierra que hubieran hecho el gran negocio.

Pero, pasa el tiempo y pronto tendremos (como ya los hay) pequeños islotes que crecen todos los días y que casi podríamos calcular que unirá las dos orillas, por lo menos por pasos donde se pueda caminar.

Si no se hace un contrato en serio, bajó la supervigilancia de los miembros de la Armada, temo que vamos a botar el dinero, porque, o se hace el trabajo completo o se deja que la naturaleza siga avanzando.

No se necesita tener muchos años para recordar la distracción de los sábados por la tarde, cuando desde el Yatch Club se organizaban las regatas de veleros y el Malecón se llenaba de público para observar las carreras y aplaudir a los ganadores.

Los propietarios de los veleros tuvieron que llevárselos a Salinas porque ya era imposible y peligroso navegar por el río.

Un poco tiempo después, empresarios pusieron a las órdenes del público el paseo por lanchas, bien acondicionadas, que recurrían desde Durán hasta el final de la ciudad. Además, era casi obligatorio que todos quienes asistían a convenciones nacionales o extranjeras, sean invitados a recorrer el río.

Tenemos que ser optimistas y pensar que la publicidad que en formas tan llamativa sale en un diario, se haga realidad, porque nuestro Guayaquil necesita eso y mucho más, como es el caso del Estero Salado, tan ofrecido e incumplido.