Opinión

El problema de la Asamblea es calidad, no cantidad

Ing. Agr. Gonzalo Gómez/Guayaquil

 

 

Todo esfuerzo por corregir errores es loable y debe ser apoyado, pero el aplauso se niega a manifestarse cuando quienes reciben la responsabilidad de encontrar la solución, no son capaces de identificar correctamente la causa que origina el problema, como es el caso de la Asamblea Nacional, que es uno de los poderes más… alicaídos (utilizando un eufemismo para no nombrarla como se merece), y que necesita reestructurarse urgente y profundamente, pues el calamitoso estado de la nación exige una verdadera transformación, atacando el origen mismo del problema y no solo maquillando los “síntomas” con cambios insulsos e irrelevantes.

Implementar dos cámaras en el poder Legislativo y reducir el número de asambleístas no garantiza que se volverá eficiente, porque el verdadero problema no está en cómo se conforma sino en quienes lo constituyen, o para ser más precisos, en quienes lo prostituyen. De tal manera que antes que debatir sobre las variaciones propuestas, deberíamos preocuparnos en calificar con mayor criterio a quienes buscan ejercer esta dignidad, exigiendo niveles de idoneidad, capacidad, conocimiento y probidad, acordes con la investidura.

Una primera exigencia debería ser un título universitario, para aspirar por lo menos a un mejor manejo del idioma, pues estos funcionarios compiten en destrozar el castellano y su gramática sin vergüenza alguna. Una carrera profesional ayudaría también a desarrollar la capacidad de discernimiento, tan importante para aprender a reconocer los problemas, sus causas y las alternativas para su corrección.

Como segundo requerimiento, quizá con mayor valor que la misma preparación académica debería considerarse la experiencia. La juventud tiene sus ventajas ciertamente, pero debemos cuidar no caer en extremos ni exageraciones, pues si bien los jóvenes rebozan de ímpetu, atrevimiento y apasionamiento, también suelen desbordar sus acciones con arrogancia e impertinencia, riesgo que disminuye con la prudencia y sabiduría acrecentada en la adultez. Los jóvenes deben incorporarse a la vida activa de la política ¡claro que sí! pero en etapas de aprendizaje, en equipo con adultos experimentados que les ayudarán a crecer hasta convertirse en protagonistas. Para aspirar a un cargo de esta relevancia, la edad mínima debería ser 40 años.

El tercero por orden pero primero en importancia es la integridad, ¡por favor! Van a legislar para una nación, deberán hacer, corregir e interpretar las leyes. A ningún asambleísta, diputado, senador, congresista o como se le llame, se le debería tolerar la mínima sombra en su honradez y honorabilidad. De igual manera, castigar la corrupción con inhabilidad temporal es una verdadera mamarrachada, pues aquel que haya violentado la ley valiéndose de un espacio en el servicio público, no merece el beneficio de otra oportunidad ¡nunca más!… Tercera demanda.