Opinión

El privilegio de envejecer en Tánger

Javier Otazu

@Efe

¿Quién diría que envejecer en Marruecos es un privilegio? La verdad es que solo unos pocos lo saben: los 38 españoles que viven en la Residencia de ancianos de Tánger, en las inmensas estancias de un antiguo hospital con aires casi de palacio colonial.

En medio de una ciudad portuaria y bulliciosa como Tánger, en la colina de Lala Chafia, el edificio del Hospital Español, construido en 1950, se alza en un bosquecillo de pinos, palmeras y eucaliptos, ofreciendo a los ancianos españoles un lugar de reposo impensable desde el exterior.

Tortilla de patatas, gazpacho, albóndigas o croquetas de pescado: los residentes tienen derecho a un menú que parece calcado al de un bar de la península. Les permite seguir creyendo que Tánger es “más española que muchas ciudades de allá”, como dice el residente José Luis, nacido, crecido y envejecido en tierra africana.

Y es que los ocupantes del asilo son casi todos antiguos españoles de Marruecos, ancianos que nacieron o crecieron en el país magrebí cuando el norte era Protectorado Español (1912-56) y que atesoran historias que parecen sacadas de la aclamada novela de María Dueñas “El tiempo entre costuras”.

José Luis Pitalúa, de 82 años, alias “Tarzán” en sus tiempos mozos porque llegó a ser un forzudo campeón de lucha libre con recorrido “peninsular”; o María Dolores Sánchez, de 89, que en una vida entera en Marruecos, entre otras cosas como directiva de Coca-Cola, nunca tuvo necesidad de hablar otra lengua que el español; o el peluquero Juan Bernardo Guillén, por cuyo sillón de barbero pasaron -dice- todos los secretos de aquella ciudad cosmopolita y canalla.

José Luis, Dolores o Juan Bernardo comparten las memorias de una ciudad mitificada con el paso del tiempo en la que lo realmente cierto es que España tuvo un papel protagonista (y dominante) gracias a sus 40.000 residentes que Tánger llegó a tener.

De hecho, el Hospital Español se alza en la llamada “manzana de oro” de Tánger (12 hectáreas en pleno centro de la ciudad), colindante con el Consulado español, el Instituto Severo Ochoa y el Colegio Ramón y Cajal, y que son solo parte del inmenso patrimonio español tangerino, donde caben iglesias, teatros y, en los buenos tiempos, hasta una plaza de toros.

En el “libro de oro” del hospital hay fotos del huésped más ilustre que llegó a tener: Juan Carlos de Borbón, cuando aún no era rey, sufrió una apendicitis en un viaje a Tánger en 1954 y tuvo que ser atendido en un hospital que contaba entonces con 200 camas y catorce médicos residentes.

El hospital, como todas las instituciones extranjeras, vino a menos con la independencia de Marruecos y la marcha de los europeos de la ciudad, pero España mantuvo el edificio como propiedad del Ministerio de Asuntos Exteriores y lo convirtió en residencia de ancianos en 1996.

Comedores para mayores válidos e inválidos, consultas médicas, sala de curas, peluquería con servicio semanal, sala de rehabilitación, gimnasio y un jardín: los servicios de la residencia parecen un espejismo en un país como Marruecos.

Según la organización HelpAge, que monitorea la calidad de vida de los ancianos en el mundo (poder adquisitivo, servicios de salud, accesibilidad, etc), Marruecos ocupa un pobre puesto 84 de los 96 países analizados en su índice internacional.

El director del Hospital y de la residencia, el doctor Fernando Cañadas, reconoce que el lugar es muy envidiado por los ancianos de otros países también residentes en Tánger (franceses, británicos e italianos, principalmente), pero no hay cómo aceptarlos.

Para optar a una plaza en el centro, hay que ser español y tener un mínimo de diez años de residencia continuada en Marruecos; los casos excepcionales son examinados por la junta directiva; y los hay, porque con la crisis hay tangerinos que habían “emigrado” a España y luego han hecho el viaje de vuelta para regresar a su ciudad natal.

Hay 2.000 españoles aproximadamente viviendo en Tánger; de ellos, 250 superan los 65 años y tienen teóricamente derecho a ingresar en la residencia. Pero la mayoría utiliza sus servicios de día como comedor y para pasar consultas una vez por semana con los dos médicos de los que oficialmente dispone el centro.

Los ancianos no saben, o tal vez sí, los privilegios que supone vivir en ese lugar. Pero como dice la anciana Fermina al oído: “¿Sabe usted lo mejor?. Esto no nos cuesta un céntimo”.

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