Opinión

El primer día del comienzo de su vida es el primer día del comienzo de mi muerte…

Dr. Miguel Palacios Frugone/Guayaquil

Soy un hombre cuya mayor virtud y su peor defecto consiste en expresar sus sentimientos.

Lo que siento lo pienso y lo que pienso lo digo.

Soy un convencido de que el amor que no se dice es como el amor que no se tiene.

Creo que la mayor fortaleza del hombre es su ternura y no hay un hecho más varonil que llorar por aquello que se ama.

Soy como soy y punto.

Desde que nació convulsionó mi vida.

El propósito de su presencia sobre la tierra siempre ha sido decirme lo que yo debía hacer para complacerlo.

Cuando era pequeñito y aún no podía caminar, me salía de mi oficina por las tardes para llevarlo al parque.

A pesar de no poder sostenerse en sus piececitos, lo agarraba de sus manitos para que pateara una pelota.

Todos los días salíamos a vivir la aventura del vivir.

Aún recuerdo la locura de haberlo hecho coger la cola de un león en un circo de la Libertad.

Lo creía más mío sin serlo; que de nadie.

Durante su crecimiento he tenido la bendición de haber estado presente en todos los acontecimientos de su vida.

Lo he sentido como parte de existencia y es una de las imprescindibles razones para mi vivir.

Cuando su padre falleció me fui a vivir junto a él.

Absurdamente pretendí con mi presencia suplantarle lo que la vida le había quitado y fui su cómplice, compañero, aliado y sobre todo traté de ser su amigo.

Recuerdo haberle comprado cuarenta pelotas de futbol que alineábamos todas las noches en el patio de su casa para que aprendiera a patear.

Sobre dos sillas atravesábamos una escalera mientras yo me iba a un arco para que una a una pateara cada una de ellas por miles de veces hasta que aprendiera como se deben meter los goles.

A la edad de siete años le enseñé a andar en moto.

Enrique Boloña nos había regalado una Honda pequeñita que en poco tiempo aprendió a manejar. Pronto saltaba, subía y bajaba por las escaleras, tal como yo lo hacía con la moto mía.

He tenido el privilegio durante su existencia de darle de comer, bañarlo, despertarlo, vestirlo y acompañarlo en cada una de sus alegrías, así como estar a su lado en sus tristezas y también cuidarlo en sus enfermedades.

He permanecido junto a él en cada problema que ha tenido y lo he hecho como su amigo hasta que encontráramos la solución a lo que enfrentaba.

Lo he protegido con mi vida para que nadie lo

dañe cada vez que he tenido que hacerlo.

He pensado por él, actuado por él y vivido mi vida por él.

Una de las ocasiones más hermosas que Dios me ha dado, fue una noche que lo estaba recriminando dentro de un carro mientras llovía.

Yo le gritaba y gritaba, hasta que de repente en un exabrupto suyo me gritó:

-¡Cocón…tú eres mi mejor amigo! –

Ahora la vida nos ha separado físicamente.

Por su talento para jugar al fútbol que de alguna manera yo mismo ayudé a construir, ha conseguido una beca en una universidad de los EEUU.

Lo ha logrado por mérito propio sin que yo haya intervenido.

Lo ha hecho con el talento que Dios le ha dado y que de alguna manera ayudé a construir en cada noche que entrenábamos.

Todos me dicen de la suerte que tengo por lo que él ha conseguido y que la vida es así y que hay que dejar crecer a los hijos etc. etc.

Yo mismo cuando era joven me fui a vivir fuera del país para estudiar mi carrera en una universidad extranjera.

Lo que trato de decirles es que yo también he pasado por lo que él está pasando y por ello nadie mejor que yo para comprenderlo.

Sin embargo de todos estos razonamientos; el dolor de su partida me está matando.

Me la paso llorando y lo busco todos los días aun sabiendo que no lo voy a encontrar.

Lo extraño como nunca había extrañado a nadie en mi vida.

No escucho su voz ni oigo sus risas y peor siento esa revolución que causaba a su paso en cada persona que pasaba por su lado.

Lo correcto es que él haga su propia vida.

Por mi profesión muchas veces he aconsejado a los padres que dejen crecer a sus hijos para que construyan su propio camino.

Es que precisamente por todo esto; no estoy hablando de él sino de mis inconmensurables sentimientos de pena y dolor que se mezclan al mismo tiempo con emociones de alegría y orgullo por lo que mi hijo ha conseguido.

Soy como soy y moriré como tal.

Hasta el último día de mi existencia viviré para amarlo y cuidarlo, a pesar de que ya no necesite que lo cuide.

Y tengo la seguridad porque me conozco; que cuando esté en el después también haré todo para que en la otra existencia pueda vivir tan bien como en la que vive ahora.

Por eso digo que el primer día del comienzo de su hermosa vida con su autosuficiencia, es el primer día del comienzo de mi muerte con mi ubicación a un segundo plano de ya no ser necesitado.

Lo hago sabiendo conscientemente que su triunfo es consecuencia de mi ejemplo, mis enseñanzas y de lo que hemos hecho todos aquellos que lo queremos para que enfrente a su vida por sí mismo.

Soy consciente que esto conlleva como precio el dolor que debo de pagar para aceptar y entender que ya no lo vestiré, no lo alimentaré, no lo protegeré ni haré cosas por él, ya que su realidad es que ya es un hombre y el resultado de su éxito debe ser pagado por el precio de mi separación para que se desempeñe por sí mismo.

Todos me podrán decir lo que sea y de la forma que quieran.

Cada uno tomará su circunstancia de la manera que mejor le parezca.

En mi caso por ser como soy, solo sé que se me parte la vida y que su partida me ha causado uno de los mayores dolores de mi existencia mientras también paradójicamente me ha dado una de las alegrías más intensas de mi vida.

No existe ni un solo instante del día en que no piense en él y en aquello que podría estar haciendo para que su vida sea más fácil y llevadera.

Al mismo tiempo sé que debo dejarlo que vuele libremente con sus propias alas, que es lo mismo que mis padres hicieron por mí.

Ahora comprendo su dolor por mi partida, que antes no me daba cuenta cuando yo también partí.

Tengo una sensación de pérdida irreparable. Sufro por su ausencia cada instante sin su presencia.

Alegría y dolor al mismo tiempo… sentimientos ambivalentes y contradictorios.

Amor y dolor que siento por una de las personas que más amo sobre la faz de la tierra y que paradójicamente marcan el comienzo del primer día de su vida para señalarme el primer día del comienzo de mi muerte…