Opinión

El positivismo y su sentido (I)

Dr. Diego Almeida Guzmán/Quito

Forbes Ecuador

 

 

Cuando se pretende emprender en reformas del quehacer estatal -de todo y cualquier orden: sociales, económicas, orgánicas- sin antes definir el ámbito superestructural en que deseemos movernos, el resultado será el fracaso.

Entendamos por “positivismo” al método de aproximación filosófica que cuestiona a las divagaciones metafísicas, como sinónimas de teóricas y abstractas, abogando por un conocimiento sustentado en los hechos y las experiencias humanas. Es la necesaria reacción de los pensadores a demasiados siglos de especular de manera hipotética alejada de la razón y la lógica, y por ende sin sustento científico. Al margen de su aporte en el campo filosófico, conforma la base sobre la cual evoluciona la sociología.

Anunciador histórico y el más connotado representante del positivismo es A. Comte (Montpellier, 1798 – París, 1857). Su paso por la Escuela Politécnica de París lo forma en los campos científico y matemático del saber. Aprovechará de tales conocimientos para sentar las cimientes del desarrollo de una nueva “disciplina analítica”… la sociología: ciencia social encargada del estudio de la sociedad y de los fenómenos que acaecen en ella. Si bien sus ideas capitales están inspiradas en la Revolución Francesa, terminará criticándola y apartándose de sus enunciados al considerar que dejaron de plasmar efectivas conquistas sociales.

De hecho, la libertad es conceptuada por el positivismo comteano como algo alejado del utilitarismo revolucionario; lo asume en términos de fenómeno social que no metafísico. En este sentido se aparta filosóficamente de J. J. Rousseau y de su teoría alrededor del “contrato social”. La “libertad civil” del suizo en el francés es “libertad social”. Por ende, deja de ser convencional en el ámbito jurídico para convertirse en sociológica fundamental.

La libertad civil de Comte es el resultado de un proceso relacional comunitario, gestada en un preceptivo cohesional entre los miembros de toda colectividad. A su vez, el positivismo fundamenta a la cohesión en una moral pública a la cual la individual/egoísta debe someterse. Así Comte habla de un vivir para el prójimo. A partir de esta válida teorización, define a la familia como verdadera célula de la sociedad, pero no al hombre como ser particular.

Extrapolando la filosofía con sus concepciones sociológicas, Comte (Discurso sobre el espíritu positivo) afirma que el rol de aquella es demarcar un sistema que compagine la “vida humana bajo cada aspecto tanto social como individual”. Demanda, pues, de la filosofía ir más allá de la sola reflexión hipotética. En orden a ello refiere tres tipos de fenómenos que conforman la vida; a saber los pensamientos, los sentimientos y las acciones. Al francés no se le escapa reconocer que la metafísica puede estar – o más bien está – presente en los primeros y en los segundos. Sin embargo, lo determinante para comprender el comportamiento social son las acciones como manifestaciones contextuales concretas. Este es un aporte fundamental del positivismo… objetividad.

Aquí radica también la bondad académica del positivismo, siendo que brinda la invalorable oportunidad de remitirse a la historia de los hechos sin contaminaciones abstrusas o ambiguas distorsionantes de los fenómenos sociales. Por este camino de acercamiento pragmático, arriba al papel del realismo para emprender en el imperativo de mejorar la condición del ser humano y de la sociedad de que forma parte. Se remite a la ciencia como medio efectivo para lograr tal propósito de perfeccionamiento del hombre, a redundar en el progreso social. Como buen “científico social” Comte es un agnóstico que se rebela contra la teología, a la cual le asigna un papel transmisor de meros prejuicios sobrenaturales, identificado con una etapa histórica irracional. Cronológicamente, le sucede la metafísica que si bien es un adelanto intelectual tampoco es válido para entender los acontecimientos sociales.

El último eslabón es la “ciencia positivista”, encargada de observar los sucesos alejándonos de misticismos y abstracciones que puedan representar vicios cuando caen en fundamentalismos. En el positivismo la teología y la metafísica son intangibles, imprecisos teóricos, y por ende requieren de un tomar tierra en lo ceñido a los hechos y a las experiencias que consuman las naturalidades, desenvolturas y atrevimientos sociales.

En la obra antes referida, Comte reclama de una “revolución mental”, ligada a la superación de las costumbres, como medio para la concreción de una sociedad armónica. Tomando las ideas del positivismo histórico de nuestro autor analizando, los procesos de cambio cualitativo en las sociedades no parten de revoluciones políticas pero de intelectuales (mentales). Cuando se pretende emprender en reformas del quehacer estatal – de todo y cualquier orden: sociales, económicas, orgánicas – sin antes definir el ámbito superestructural en que deseemos movernos, el resultado será el fracaso. (O)