“El país que queremos”
Por: Gioconda Juez/Wuanplus
Guayaquil Ecuador
Es común escuchar que la culpa de todo la tienen los gobiernos, los políticos o las instituciones. Sin duda, quienes ejercen el poder tienen una enorme responsabilidad. Pero existe una verdad que pocas veces queremos mirar de frente: un país no es mejor que la calidad humana de quienes lo habitan.
Una nación no se construye únicamente con carreteras, hospitales o edificios. Se construye con educación, valores, respeto, honestidad y responsabilidad. Se construye cuando cada ciudadano entiende que el bien común es tan importante como el bienestar personal.
Si normalizamos la corrupción, si buscamos sacar ventaja a cualquier precio, si irrespetamos las leyes, si ensuciamos nuestras ciudades, si aceptamos la mentira como una forma de vivir y la violencia como un lenguaje cotidiano, terminaremos viviendo en un país donde la desconfianza será la norma y la esperanza una excepción. Ningún gobierno, por bueno que sea, podrá transformar una sociedad que ha decidido convivir con la corrupción y la indiferencia.
Pero también es cierto lo contrario.
Cuando educamos a nuestros hijos con principios; cuando cumplimos la ley aunque nadie nos esté observando; cuando rechazamos el soborno, la trampa y la deshonestidad; cuando respetamos al vecino, al peatón, al servidor público y al trabajador; cuando comprendemos que los derechos siempre van acompañados de deberes, entonces comenzamos a construir un país distinto.
El Ecuador que soñamos no aparecerá por arte de magia ni llegará con el próximo período electoral. Nacerá el día en que millones de ecuatorianos decidan hacer correctamente las cosas pequeñas: respetar una fila, cumplir un contrato, pagar lo que corresponde, cuidar el espacio público, exigir transparencia y actuar con integridad.
La cultura de un pueblo es el espejo de su futuro. Si sembramos odio, egoísmo y corrupción, cosecharemos pobreza moral, inseguridad y atraso. Pero si sembramos educación, respeto, solidaridad y honestidad, nuestros hijos y nuestros nietos heredarán un país donde valga la pena vivir, trabajar, emprender y soñar.
No podemos seguir esperando que alguien venga a salvarnos. La transformación empieza en cada hogar, en cada escuela, en cada empresa y en cada oficina pública. Empieza cuando dejamos de justificar lo incorrecto y comenzamos a reconocer que la ética no es un discurso: es una forma de vivir.
El país que queremos será, inevitablemente, el reflejo de la gente que somos.
Que nuestros hijos y nietos no hereden una nación resignada a la corrupción, sino una patria orgullosa de sus valores; un Ecuador donde la ley se respete, donde la honestidad sea motivo de reconocimiento y donde el esfuerzo tenga más valor que el privilegio.
Porque el futuro no lo construyen las palabras. Lo construyen los ciudadanos.
Y el Ecuador del mañana comenzará el día en que cada uno de nosotros decida convertirse en la persona que ese país merece.
