Opinión

El padre

Jorge Alania Vera
Jorge.alania@gmail.com
Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

“Ya somos el olvido que seremos…”es el primer verso de un soneto de Borges que el escritor colombiano Héctor Abad tomó para titular su conmovedora novela, una historia de amor, ternura y tristeza ubicada en los andes y en el Caribe colombiano de su Antioquia natal y cuyo eje es el vínculo filial entre el autor y su padre, el defensor de los derechos humanos del mismo nombre que murió asesinado por dos sicarios en 1987.

No es mi propósito analizar el libro ni comentarlo sino referirme a esa relación parental que es su marca indeleble. Todo el libro la narra con infantil alegría, casi con felicidad, pero hay en él pasajes que lo revelan magistralmente. Héctor firmaba Héctor Abad III, pero en realidad era el segundo. Cuando su papá se lo preguntó contestó: Es que tú vales por dos.

En otro momento de su infancia, su tía monja le dijo: usted se irá al cielo porque reza todas las noches, pero su papá se irá al infierno porque nunca va a misa. El niño, anonadado le dijo: ya no quiero irme al cielo sino al infierno para estar con mi papá.

El héroe de los sueños infantiles es alguien, a veces, tan desorientado y frágil como el hijo. Nadie le enseñó a ser papá y él aprendió lo que pudo y como pudo. Por eso Nietzche escribió: Lo que calla en la padre habla en el hijo, y muchas veces me encontré que el hijo ha dado a conocer el secreto del padre. Y Oscar Wilde reflexionó sobre su propia experiencia: Los hijos comienzan amando a sus padres; al volverse mayores los juzgan y a veces los perdonan. Secretos, fragilidades, caídas, silencios.

Sea como fuere, es verdad- creo a estas alturas de la vida- que como dijo Freud: No puedo pensar en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de la protección de un padre.

Abad construye en su novela un personaje que uno llega a querer y a admirar. Y lo inserta en una época fuera de toda época porque como él escribe: “La memoria es un espejo opaco y vuelto añicos, o, mejor dicho, está hecha de intemporales conchas de recuerdos desperdigadas sobre una playa de olvidos”.

Héctor Abad tomó un verso de Borges para contar la historia de su padre y la suya, unida a él. Lo mismo hizo con las coplas inmortales de Jorge Manrique. Pero me dejó la Posesión del Ayer, del mismo Borges que tanto me conmueve: “Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado”.