Opinión

El Padre

Dr. José Fernando Gómez Rosales/Guayaquil.

jgomezr@hotmail.com

Héctor Francisco Gagliardi fue un destacado poeta, recitador y letrista de tangos, argentino. Nació en el barrio de Constitución, en Buenos Aires en 1909 y pasó su infancia y juventud en el barrio de San Telmo. Hincha del Racing Club de Argentina, le dedicó más de un poema al club de sus amores.

Muy conocido por sus poesías, sus textos en lunfardo y la letra de sus tangos. Después de Martín Fierro, puede decirse que sus libros son los que más se han vendido en su país, de autores nacionales. Su amigo Celedonio Flores (el negro Cele) lo impulsó a recitar sus versos en público en el bar de la cortada Carabelas, centro nocturno tanguero por excelencia de donde pasó a recitar en Radio Belgrano.

Lo apodaron “El Triste” por su recitación de su poema Reyes Magos, durante la segunda guerra mundial. Poeta costumbrista. Entre sus poesías más conocidas están: La madre, El padre, La maestra, A Gardel, El casamiento y A mi Esposa. Muchos de sus poemas fueron convertidos en tangos y Milongas.

Entre sus libros destacan Versos de mi ciudad, Por las calles del recuerdo, Esquina de barrio y El sentir de Buenos Aires. Veamos de él su poesía “el padre”.

El padre

¿Y negra? ¿Te puedo hablar?,

ya los pibes se han dormido,

así que dejá el tejido,

que después te equivocás.

 

Que hoy te quiero preguntar

por qué motivo las madres

de la mañana a la tarde

amenazan a sus hijos

con ese estribillo fijo:

¡Ah, cuándo venga tu padre…!

Y con tu padre de aquí

y con tu padre de allá,

resulta de que al final

al verme llegar a mí,

lo ven entrar a Caín

y escapan por todos lados.

Y yo, que vengo cansado

de trabajar todo el día,

recibo por bienvenida

una lista de acusados.

Vos empezás con tus quejas

y yo… tengo que enojarme,

lo mismo que hacía mi padre,

cuando escuchaba a la vieja,

que entraba a fruncir las cejas

apoyando a esa fiscal

que en medio del temporal

se erigía en defensora,

lo mismo que vos ahora,

que siempre me dejás mal.

Si los perdono: ¡Qué ejemplo!

¡Así es como los educo!

Si los castigo: ¡Sos bruto!

¡No tenés sentimientos!

A mí, a mí que llegué contento

y no tuve más remedio

que poner cara de serio

y escuchar tu letanía.

A mí, que me paso el día

pensando jugar con ellos.

Yo sueño llegar a casa

y olvidarme felizmente

del trabajo, de la gente

y de todo lo que pasa.

Los hijos son la esperanza,

el porqué de nuestras vidas,

por eso nunca les digas:

¡Ah, cuándo venga tu padre…!

No quiero encontrar culpables,

quiero encontrar alegría.

Que no me pongas de escudo

como lo hacía mi madre

que consiguió que a mi padre

lo imaginara un verdugo.

Él llegaba, él llegaba y te aseguro

que terminaban las risas

y en lugar de una caricia

y hablarle como a un amigo,

lo miraba compungido

presintiendo una paliza.

Y el pobre que me entendía,

sacudiendo la cabeza,

escuchaba con tristeza

lo que mi madre decía

y que él de sobra sabía:

¡Que con este no se puede!,

¡que me ensució las paredes!,

¡que la calle!, ¡la pelota!,

¡que trajo muy malas notas!

¡y me saca canas verdes!

¡A la cama, sin comer!,

aburrido me ordenaba,

mi madre me consolaba

y yo lo culpaba a él.

A él, que había llegado recién

de trabajar, tan cansado

y yo ya lo había amargado

con todas mis travesuras.

Yo era una criatura,

pero jamás lo he olvidado.

Los hijos, los hijos nunca analizan

el sentimiento del padre,

porque el brillo de la madre

es tan fuerte que lo eclipsa.

Sólo le hacemos justicia

a su íntimo sentir,

cuando nos toca vivir

a nosotros su problema.

¡Ah, si mi padre supiera,

que recién lo comprendí!

Y por qué nunca me dijo

del modo que me quería,

si hoy yo sé como sufría

al ver enfermo a su hijo,

por qué me miraba fijo

el primer pantalón largo

y sé que me habrá besado

cuando ya estaba durmiendo…

Hoy que todo lo comprendo,

¡por qué no estará a mi lado!

¡Por qué no estarás ahora,

ahora, para abrazarte bien fuerte

viejo lindo y ofrecerte

mi cariño a todas horas.

¿Ves a tu hijo que llora?

Pero llora con razón,

porque te pide perdón

al pensar en esos días

en que ciego no veía

que eras todo corazón.

Déjame negra que llore,

es tan lindo desahogarse…

Vamos a ver lo que hacen

nuestros futuros señores…

Mírale esos pantalones…

tápala un poco a la piba…

Sí, ya sé, ¡no me lo digas!

¡Hoy se fue a la calle sola!

Acóstate, rezongona…

¡Mañana será otro día!