Opinión

El nuevo amigo de Barack Obama, es de apellido Castro

Denisse Casali Labarca

@denissitacl

denissecasali@gmail.com

Precisamente hoy diecisiete de Diciembre y muy cerca de cruzar la frontera del dos mil catorce hacia el dos mil quince la vida me concede la oportunidad de sentarme frente a una noticia que definitivamente no esperaba que opacara lo que verdaderamente estaba celebrando hoy –San Lázaro- y a cambio tuve que leer en un periódico muy popular de mi país como Obama y Castro comienzan a sembrar expectativa bajo un escenario de misteriosa y mutua reconciliación “por el bien de las partes”. ¿Cuál es verdadero objetivo de esta jugada?

La noticia se vendió con un anuncio donde indicaban que al medio día en ambas naciones los máximos representantes de cada país estarían transmitiendo por distintos medios de que se trataba este alboroto finalmente, era la hora donde se conocería si las especulaciones de siempre en estos temas como el cambio en las importaciones en Cuba o si un americano podría entrar sin problema a la isla se haría realidad.

Que decepción esperar tanto, almorzar al apuro para sentarme con ansias frente al televisor y oír lo que nublado por una absurda esperanza pensé por un instante era lo que podía suceder, pero Cuba siempre es una caja de sorpresas y más o menos como un regalo a media noche en Navidad te dan lo que en realidad no querías recibir, generalmente algo inservible y poco práctico. Observar tras la mirada cínica de un títere con delirios de dictador hablar de Obama es de esas cosas que sabes que a tu abuelo le hubiera gustado ver si estuviera vivo. No sé qué piensen los gringos mientras vieron el mismo show con su Presidente de protagonista. No creo ni siquiera que ellos hubieran tenido el mismo interés de fondo al sintonizar esa noticia como un cubano, que te aseguro esperaba recibir su dosis de libertad o al menos la posibilidad de una porción de vida más justa.

El cubano quería sentir que estaba cerca el fin del bloqueo, que ya iban a importar productos de primera necesidad pero de marcas aceptables sin fecha de corta de caducidad y al fin podrían disfrutar un paseo que motivara la vista y el olfato por un supermercado. Al cubano no le importa si el gringo puede o no llevarse una libra de tabacos autorizados como souvenir, mucho menos si liberó o no a presos políticos que en su momento el gobierno consideró la mejor idea para ser protagonistas de secuestros intelectuales disimulados por ideologías atrasadas; el cubano quería buenos acuerdos, no quería ser testigo de un montón de papeles que confirmaran la nueva relación diplomática entre los países, querían hechos que originaran esperanzas, que les vendieran un mejor futuro, un futuro digno de cualquier individuo con derechos que son básicos en otras partes del mundo a estas alturas de la vida.

Alan Gross sin duda fue el protagonista, se llevó todas las de ganar, si el pueblo cubano hubiera podido gozar de la mitad de su alegría en ese momento sería otro el cantar. Creo que los americanos sacaron buena tajada de toda esta situación, sin duda ahora podrán visitar Cuba por cualquier motivo y amparados bajo 12 clases distintas de visas, recuperaron algunos presos políticos de alto interés, finalmente podrán pagar sus gastos en la isla con plástico emitido por entidades financieras gringas –reventarán Visas y MasterCard sin problemas-, podrán llevar ron y tabacos de recuerdo mientras no excedan el cupo de cuatros cientos dólares por viajero. ¿Será que este es el principio del fin al fin?

Qué maravilla los Castros han logrado a través de nuevos vínculos bilaterales que los gringos lícitamente revivan los años veinte pero sin la presión de las mafias y sin los espectáculos en el Sans Souci, gracias a Dios todavía les queda Tropicana.

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