El Niño y el campo ecuatoriano: la hora de actuar antes de que llueva
Ing. Agr. Mauro Erazo Vélez/Guayaquil.
Ecuador enfrenta en 2026 una alerta máxima frente a la intensificación del Fenómeno de El Niño, cuyos efectos más severos se proyectan entre octubre de este año y febrero de 2027. El Ministerio de Agricultura y Ganadería advierte que hasta 2 millones de hectáreas productivas podrían verse comprometidas. La cifra no es un dato aislado: es una advertencia directa sobre la seguridad alimentaria del país y sobre la capacidad del Estado y del sector privado para responder con anticipación, no con improvisación.
El arroz, cultivo emblemático de Guayas y Los Ríos —que concentran el 74% y el 21% de la superficie nacional respectivamente—, es hoy el rubro más vulnerable. Las inundaciones en la cuenca baja amenazan la cosecha del ciclo más fuerte del año y complican el transporte y almacenamiento del grano. El maíz amarillo, golpeado ya por sequías previas, enfrenta ahora el riesgo de retrasar su siembra invernal por la inestabilidad de las lluvias, lo que anticipa una menor oferta. El cacao, orgullo exportador del país, corre el riesgo de perder calidad por enfermedades fúngicas como la monilla y la fitóptora, además de dificultades en el secado y la fermentación. El banano y el plátano, sembrados a nivel del mar, pueden sufrir asfixia radicular por suelos saturados, mientras la humedad reactiva plagas como la Sigatoka Negra. Incluso la moringa, valorada por su resistencia a la sequía, es vulnerable al encharcamiento prolongado.
Este panorama deja una lección clara: la variabilidad climática ya no es una excepción, es una condición estructural con la que el agro ecuatoriano debe aprender a convivir. Reaccionar cuando el agua ya inundó los campos es tarde y costoso. Por eso resulta indispensable que las estrategias de mitigación dejen de ser anuncios de coyuntura y se conviertan en política de Estado permanente.
Las medidas ya identificadas por los gremios y el Gobierno apuntan en la dirección correcta: limpieza urgente de canales de riego y refuerzo de muros de contención, monitoreo satelital y meteorológico para anticipar siembras y cosechas, manejo fitosanitario preventivo con bioestimulantes y fungicidas, y logística de almacenamiento con silos provisionales y centros de secado. El reto no es identificar qué hacer, sino ejecutarlo a tiempo y con financiamiento sostenido, antes de que octubre marque el inicio de la temporada crítica.
Invertir hoy en infraestructura hidráulica y en tecnología de monitoreo cuesta menos que enfrentar mañana el desabastecimiento de arroz, maíz o cacao. La ventana de tiempo entre esta alerta y la llegada de las lluvias intensas es corta, pero suficiente si el país actúa con decisión. La pregunta ya no es si El Niño golpeará al campo ecuatoriano, sino si estaremos preparados cuando lo haga.
