Opinión

El mundo binario del Presidente

Autor: Federico Berrueto/Mèxico

Uno de los errores en el estudio de Andrés Manuel López Obrador, ahora en su condición de Presidente de la República, es la pretensión de verlo como actor político. Es un error y, sin ironía o exceso, para entenderlo es necesario ubicarlo como líder religioso. No solo es cuestión de que su reino no sea de este mundo, sino que su visión de la realidad y su proyecto se corresponde más al de prédica moral religiosa que a la de un político en busca del poder o un gobernante que pretenda hacer bien las cosas.
La religiosidad implícita en el liderazgo y movimiento al que convoca López Obrador ocurre ante una sociedad que desde siempre ha suscrito creencias y fijaciones, resultado de sedimentos de la cultura de los pueblos originarios y del tipo de catolicismo que llegó y se enraizó en la Colonia y dio lugar a un singular sincretismo; siendo muy diferentes ambos suscribían el regreso del Mesías, el culto al dogma y una idea de armonía a partir de la unanimidad.
Hoy más que siempre es pertinente la lectura de Octavio Paz para entender al nuevo ogro filantrópico en el poder, así como el sustento de un régimen a partir de las creencias, más poderosas que las ideas porque duermen en las capas más profundas del alma nacional. López Obrador puede desdeñar la realidad y los principios básicos de la civilidad política porque esto es consecuente con la cultura antiliberal de los mexicanos, más avenidos a la condición de súbditos que a la de ciudadanos. El éxito político y la vigencia de Andrés Manuel no solo se explica por su singularidad, sino también por la sociedad.
Por ello se equivocan quienes afirman que el fracaso en el gobierno, desde ahora evidente, habrá de significarle el deterioro en su ascendiente popular. La religiosidad en López Obrador se advierte en su prédica moral, contradictoria e inconsistente y, especialmente, en su visión binaria de la realidad. Buenos vs. malos; progresistas vs. conservadores; honestos vs. corruptos; pobres vs. fifís; 4T vs. neoliberales; el movimiento vs. los partidos; la justicia vs. la ley. Por ello la persistencia presidencial en la interpelación matutina de construir un espacio simbólico de equivalencias a partir de la polarización, el descontento con el pasado inmediato y la presentación binaria de la realidad.
A un año de su triunfo, la investigación social sobre el desempeño del gobierno plantea un desafío difícil de entender: crece la convicción de que las acciones de gobierno no son exitosas, pero el Presidente mantiene elevada aprobación y calificación. Hay una baja pero no en la misma proporción. Así es porque la racionalidad del mexicano no es la del ciudadano, no es la del consumidor o la del individuo que califica a su autoridad a partir de lo que haga para estar mejor. Más bien lo que importa es la intención, el propósito de quien gobierna, el proyecto moral. Los resultados se desdeñan, no así las verdades siempre reveladas.
Hay López Obrador para rato. Su ascendiente popular es más profundo de lo que se supone. Su actitud autoritaria, intolerante y antiliberal remite al déficit de cultura ciudadana, lo que se exacerba con la incapacidad de un proyecto alternativo que reconozca los fundamentos del agravio mexicano, particularmente el de la corrupción y la impunidad, pero que le dé un curso constructivo a partir de los valores propios de la democracia: inclusión, tolerancia, coexistencia, legalidad y representatividad.
El mundo binario de López Obrador se recrea en el imaginario colectivo de buena parte de los mexicanos; la lucha contra el infiel alimenta el repudio y la descalificación a quien se opone. Es preciso escapar no solo del lenguaje que se ha impuesto, también del binomio patria o muerte. Lo que debe mover a los mexicanos no es una lucha del presente idealizado frente al pasado corrupto, sino la aspiración de un mejor futuro para todos, aquí y ahora.