Opinión

El mito de Medea

Jorge Alania Vera

Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN, de Guayaquil, Ecuador

Martina Patti es una triste y joven mujer que en un rapto de locura y de maldad asesinó, el pasado 13 de junio, en Mascalucia, provincia de Catania, Italia, a su pequeña hija Elena de cinco años de edad. Pese a su confesión, no hay certeza sobre lo que la llevó a cometer ese espantoso crimen, aunque se especula que los celos por la nueva pareja de su ex marido Alessandro y el cariño que la niña sentía por ella, fueron los que movieron los inescrutables resortes filicidas. Su abogado la describe como una mujer rota, totalmente extraviada que ha hecho algo impensable para ella misma.

Según la famosa tragedia de Eurípides, Medea, herida de celos ante el segundo matrimonio de su esposo Jasón con Glauce, asesina a su rival y a sus propios hijos para vengarse y huye con sus cadáveres en el carro de Helios hacia el bosque sagrado de Hera, en Atenas. El mito se repite como la historia. La maldad y la locura- de dioses y personas- no tienen límites.

Es evidente que en el mundo de Martina, nuestro mundo, no se saben gestionar las fragilidades parentales. Un estudio lo remarca: según la Universidad de Ohio, en un documento publicado en mayo reciente, se asegura que el 66% de los padres trabajadores en los Estados Unidos cumple con los criterios para encajar en el perfil de los afectados por el síndrome de Burnout o agotamiento parental.

Muchas mujeres ya no sienten al empezar a criar a sus bebés esa “conexión mágica” de la que todo el mundo habla. Entregadas a las labores y las responsabilidades de la crianza, no les queda un minuto para ellas y al final de un, a veces breve pero azaroso camino, sólo experimentan una gran desilusión y un gran vacío.

Puede parecer una dolorosa excepción pero en realidad solo es una muestra de un mundo adulto desorientado.

¿Quién no ha sentido a veces el agotamiento parental? ¿Quién no ha experimentado sus fragilidades y fisuras pero al mismo tiempo sus querencias y recompensas que bastan para colmar una vida? ¿Quién no ha dado fe de la hermosa pero a veces dura batalla por educar, por acompañar, por entender? Ser padre es para siempre pero ser hijo o hija no. ¿Eso es un mérito? Quizás no, pero es una sencilla ley de la vida. Como dice Gibran Khali, los padres son el arco y los hijos la flecha. Los primeros están destinados a estar fijos para que la flecha salga del arco correctamente y los segundos a volar.

¿Qué más podemos decir si casi no hay certezas? Algo de mi parte sé: mi esposa es la luz cuando mi sol declina y mis hijos son la cara oculta (pero para mí revelada) de la luna.