El mito Correa y la sociedad anestesiada.
Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.
Toda sociedad necesita mitos.
Unas inventan héroes; otras fabrican demonios.
Y las más decadentes terminan viviendo del miedo.
Ecuador no podía escapar a esa tragedia histórica.
Durante años se nos vendió el fantasma de que “ya viene Correa”, como antes se usaba el miedo al comunismo, al terrorismo o al caos social para disciplinar pueblos enteros. El correísmo terminó convertido en el espantapájaros perfecto: útil para justificar abusos, silencios, pactos y la demolición progresiva de las instituciones.
Y lo más grave es que muchos ecuatorianos aceptaron esa narrativa con una docilidad alarmante.
Con Rafael Correa se denunció la concentración del poder, el sometimiento de la justicia, el control de organismos del Estado y la existencia de fiscales y cortes funcionales al Ejecutivo. Hoy, paradójicamente, después de años de discursos moralistas sobre la recuperación democrática, Ecuador vive nuevamente bajo una lógica de poder concentrado, miedo colectivo y escasa resistencia ciudadana.
El remedio terminó pareciéndose demasiado a la enfermedad.
En nombre de la seguridad y del fantasma de convertirnos en Venezuela o Cuba, se han normalizado estados de excepción permanentes, toques de queda, restricciones a libertades, nuevos impuestos, eliminación de subsidios y una expansión del control estatal sobre la vida cotidiana. Ecuador ha vivido más de 800 días bajo estados de excepción durante el gobierno de Daniel Noboa, con reiterados toques de queda y restricciones de movilidad.
Y sin embargo, el país parece resignado.
Las calles callan.
Las plazas están vacías.
La indignación fue reemplazada por publicaciones en redes sociales, memes y videos ridículos de antiguos agitadores que envejecieron cómodamente o terminaron domesticados por el sistema que antes juraban combatir.
La rebeldía se volvió un filtro de TikTok.
Mientras tanto, el ciudadano común paga la factura de un Estado cada vez más ineficiente, pesado y obscenamente privilegiado. Un aparato público que en demasiados casos dejó de servir al pueblo para servirse de él. Burócratas cómodos, funcionarios inútiles, operadores políticos reciclados y tecnócratas arrogantes viven de un país quebrado, inseguro y desesperanzado.
Y al mismo tiempo emerge otra élite todavía más obscena: la de los nuevos ricos del desastre.
Porque resulta imposible no preguntarse cómo, en un país destruido económicamente, aparecen de pronto mansiones, yates, clubes exclusivos, membresías de cien mil dólares y cenas de lujo de personajes que hace pocos años apenas sobrevivían. El Ecuador del esfuerzo fue sustituido por el Ecuador de la sospecha.
Y la respuesta que murmura la calle es brutal:
narcotráfico, corrupción o negocios con el Estado.
No existe milagro económico posible en medio del colapso moral.
Lo más peligroso de todo no es Correa, Noboa, Moreno o Lasso. Tampoco los nombres que vendrán después. Lo verdaderamente aterrador es la sociedad anestesiada que se acostumbró a perder libertades a cambio de miedo administrado.
Una sociedad que ya no exige rendición de cuentas.
Que tolera abusos mientras no le afecten directamente.
Que aprendió a sobrevivir, pero olvidó cómo resistir.
Porque ninguna democracia muere de un día para otro.
Las democracias agonizan lentamente cuando los ciudadanos dejan de sentirse ciudadanos y comienzan a comportarse como súbditos.
Hoy Ecuador corre exactamente ese riesgo.
Nos hicieron creer que defender la libertad era apoyar a un caudillo.
Nos hicieron creer que cuestionar al poder equivalía a defender delincuentes.
Nos hicieron creer que el miedo debía reemplazar a la dignidad.
Y una nación sin dignidad termina aceptando cualquier humillación.
Ha llegado la hora de abandonar la comodidad y recuperar el carácter. La historia jamás cambió gracias a sociedades cobardes ni a pueblos resignados. Fueron los jóvenes, los trabajadores, las masas indignadas y los ciudadanos conscientes quienes conquistaron derechos, libertades y justicia social ocupando calles y plazas, no escondiéndose detrás de una pantalla.
Porque protestar únicamente en redes sociales no incomoda al poder.
Lo entretiene.
El Ecuador necesita volver a creer en el orden, la disciplina, el mérito y el respeto institucional, pero jamás confundiendo autoridad con sometimiento ni seguridad con obediencia ciega.
Correa, Noboa, Moreno, Lasso y los que vendrán seguirán apareciendo como protagonistas de esta interminable película de decadencia nacional mientras el ciudadano continúe renunciando a su deber de vigilar, cuestionar y resistir.
Y lo más insultante será ver luego a muchos responsables del desastre convertidos en conferencistas, expertos y gurús de moral pública, explicándole al pueblo cómo gobernar, cómo administrar y hasta cómo ser buenos ciudadanos.
Como si no hubiesen sido parte del naufragio.
La democracia no se defiende con miedo.
Se defiende con ciudadanos valientes.
Semper Fi.
