Opinión

El milagro de la vida humana

María Verónica Vernaza G./ Guayaquil

 

Esta historia comienza en Panamá con una familia de emigrantes conformada por papá, mamá y dos pequeñas niñas. La noticia de un tercer embarazo alegró brevemente a los esposos. En seguida comenzaron las pérdidas por una amenaza de aborto y la joven madre tuvo que pasar la mayor parte del tiempo acostada para preservar en lo posible la vida del bebé.

En una de las continuas visitas al ginecólogo, éste recomendó un aborto pues creía firmemente que el bebé nacería enfermo. Obviamente él no realizaría el procedimiento, pero podía dar el nombre de un especialista. La pareja se miró con ojos llorosos y casi al unísono ratificaron su compromiso de defender la vida, sano o enfermo recibirían a ese bebé. No estaba dentro de sus planes aniquilar la vida de uno de los suyos.

Una madrugada, la fuente de la madre se rompió y debieron correr al hospital para una cesárea de emergencia. El bebé no había cumplido los nueve meses, no llegaba ni a los ocho meses de gestación, posiblemente ni siquiera haya tenido siete meses completos. El ginecólogo se lavó las manos haciendo firmar al padre un documento de liberación de responsabilidades, por si las cosas no salieran bien.

Aunque no era costumbre en aquella época, fines de los 70, en el momento del parto estuvo presente un pediatra para encargarse exclusivamente de ese bebé que llegaba con todas las cartas en contra. Era una niña. Había nacido una niña. Pero era una niña muerta. El cordón umbilical estaba completamente enredado en su cuello.

El pediatra, de religión judía, confesó luego haber escuchado una voz que le dictaba los pasos que debía de seguir para salvar a esta niña que acaba de recibir en sus manos. Resucitó a la pequeña mientras el ginecólogo hacía su parte con la vida de la madre.

La niña pesó apenas 4.6 libras, cuando el promedio son 7 libras. Inmediatamente fue llevada a una incubadora, donde pasó cerca de un mes. Los padres pudieron ver de primera mano la evolución del milagro de la vida. Sus ojos no se habían abierto todavía, sus uñas no estaban formadas y tenían una leve membrana, sus dedos aún no se separaban del todo, sus orejas estaban pegadas al cráneo…

Dicen que donde hay un deseo hay un camino (where there’s a will there’s a way), y esta niña encontró la manera de superar los obstáculos al nacer. Su deseo interno por crecer en este mundo, por compartir y ser parte de una familia, su voluntad de amar y ser amada lo hizo posible.

Esos esposos valientes que aceptaron la vida son mis padres, y esa niña decidida a vivir es mi hermana. Sin duda alguna Dios tuvo un hermoso plan para ella. Su historia todavía no acaba.

El hecho de que se esté planteando en Ecuador el aborto por violación a los siete meses de gestación no es un logro femenino ni mucho menos. La dignidad de la vida de un ser humano no se da por la forma en la que fue procreado. El vientre materno no hace discriminaciones, son las leyes injustas e inhumanas las que aniquilan las esperanzas y dan muerte.