EL MAPA ESTRATÉGICO PARA ENFRENTAR AL NARCOTERRORISMO
Dr. Jorge Alberto Norero Gonzaléz/Guayaquil
Durante demasiado tiempo hemos analizado el narcotráfico y la violencia criminal como si fueran problemas independientes: droga por un lado, sicariato por otro, extorsión en otro frente, corrupción en otro y cárceles en otro.
Ese enfoque fragmentado puede llevarnos a combatir los síntomas sin destruir las causas.
El narcoterrorismo debe ser entendido como un sistema.
Un sistema que dispone de dinero, armas, logística, territorio, información, capacidad de intimidación y, en determinados casos, mecanismos de infiltración y corrupción institucional. Su verdadera fortaleza no está únicamente en el número de hombres armados que posee, sino en su capacidad para conectar todos esos elementos.
Por ello, aplicando el Método Norero de Análisis de Riesgo Geoestratégico, la pregunta fundamental no debería ser solamente:
¿Cuántos delincuentes hemos capturado?
La pregunta estratégica es mucho más profunda:
«¿Cuánta capacidad criminal sistémica hemos destruido?»
EL MAPA DE LA AMENAZA
Podemos visualizar el fenómeno mediante seis grandes anillos.
El primero es la economía ilícita: narcotráfico, extorsión, minería ilegal, contrabando y otras actividades capaces de generar enormes cantidades de dinero.
El segundo es el financiamiento: lavado de activos, empresas utilizadas para ocultar recursos, testaferros y corrupción.
El tercero es la logística: puertos, fronteras, carreteras, vehículos, comunicaciones y rutas internacionales.
El cuarto es la fuerza: sicariato, secuestro, intimidación y control territorial.
El quinto es la infiltración: penetración o cooptación de instituciones, corrupción de funcionarios y utilización de las cárceles como espacios de coordinación criminal.
Y el sexto es el control social: miedo, reclutamiento, desplazamiento de población y sustitución progresiva de la autoridad estatal.
Estos seis anillos se alimentan entre sí.
El dinero compra armas.
Las armas permiten controlar territorio.
El territorio facilita las operaciones.
La corrupción protege las operaciones.
La impunidad permite reconstruir las estructuras.
Y el miedo termina debilitando la confianza de la ciudadanía en el Estado.
Ese es el verdadero adversario: el sistema.
¿DÓNDE DEBE ATACAR EL ESTADO?
Si aceptamos que estamos frente a un sistema, la respuesta tampoco puede ser fragmentada.
Existen, al menos, siete nodos críticos sobre los cuales debería concentrarse el esfuerzo estatal.
Primero: el dinero.
No basta con decomisar droga. Hay que perseguir el patrimonio criminal, identificar sus beneficiarios, bloquear sus recursos y destruir sus mecanismos de lavado.
Segundo: los puertos y las fronteras.
Son puntos estratégicos de la cadena logística internacional y requieren inteligencia, tecnología, controles efectivos y coordinación interinstitucional.
Tercero: las cárceles.
Una prisión no puede convertirse en centro de comando, reclutamiento o coordinación de organizaciones criminales. Recuperar el control penitenciario constituye una condición esencial de la seguridad nacional.
Cuarto: la inteligencia.
El Estado necesita conocer las estructuras, relaciones, finanzas, comunicaciones y capacidades del adversario. Sin inteligencia, la fuerza termina reaccionando en lugar de anticiparse.
Quinto: la corrupción.
Una organización criminal puede ser extremadamente poderosa fuera del Estado, pero se vuelve mucho más peligrosa cuando consigue introducirse dentro de él.
Sexto: la justicia.
Una operación policial o militar pierde parte de su valor estratégico si posteriormente el sistema judicial no consigue llevar a los responsables ante la justicia con las garantías y procedimientos establecidos por la ley.
Séptimo: el territorio.
No basta con ingresar a una zona, realizar un operativo y retirarse. La recuperación territorial significa que el Estado vuelve a ejercer de manera permanente su autoridad, proporciona seguridad y reconstruye institucionalidad.
DE LA VICTORIA TÁCTICA A LA VICTORIA ESTRATÉGICA
Aquí existe una distinción fundamental que no podemos ignorar.
En la lucha contra el narcoterrorismo debemos hablar de cuatro niveles de victoria.
La victoria táctica
Es la que se obtiene cuando una operación consigue neutralizar una capacidad concreta del adversario: capturar integrantes de una organización, decomisar armas o droga, desarticular una célula, recuperar temporalmente un punto estratégico o impedir una acción criminal.
Es necesaria.
Pero tiene un límite evidente:
el adversario puede regenerarse.
La victoria operacional
Se produce cuando una sucesión coordinada de victorias tácticas consigue degradar significativamente la capacidad de una organización o de varias organizaciones dentro de un determinado territorio o espacio de operaciones.
Ya no hablamos de un golpe aislado, sino de una campaña coherente.
La victoria institucional
Esta ocurre cuando, después de las operaciones, el Estado consigue mantener el control recuperado, restablecer la autoridad, garantizar seguridad, hacer funcionar la justicia y recuperar los servicios y la presencia institucional.
Porque ocupar un territorio durante una operación no significa necesariamente haberlo recuperado.
La victoria estratégica
Esta es la que realmente debemos buscar.
La victoria estratégica se produce cuando el sistema criminal pierde de manera sostenida su capacidad para financiarse, armarse, reclutar, corromper, controlar territorio, infiltrar instituciones y regenerarse.
Por eso:
«La victoria táctica derrota una capacidad.
La victoria operacional degrada una estructura.
La victoria institucional recupera al Estado.
La victoria estratégica rompe el ciclo de reproducción criminal.»
Esta diferencia es fundamental.
Podemos tener numerosas victorias tácticas y, sin embargo, no haber conseguido una victoria estratégica si las organizaciones criminales continúan disponiendo de dinero, armas, rutas, corrupción, capacidad de reclutamiento e impunidad.
La pregunta decisiva, por tanto, no es solamente:
¿Cuántos operativos realizamos?
Sino:
«¿Estamos destruyendo la capacidad del sistema criminal para regenerarse?»
Si la respuesta es negativa, hemos obtenido victorias tácticas, pero todavía no la victoria estratégica.
LA REGLA DE LA SIMULTANEIDAD
Existe otro principio fundamental.
El Estado no puede combatir al sistema criminal de manera puramente secuencial.
Mientras una fuerza recupera territorio, debe existir simultáneamente una investigación financiera.
Mientras se controla un puerto, deben investigarse sus redes logísticas.
Mientras se interviene una estructura criminal, deben identificarse sus operadores financieros y sus posibles conexiones institucionales.
Mientras se captura a sus integrantes, debe prepararse el caso judicial que permita llevarlos ante la justicia.
Fuerza, inteligencia, investigación financiera y justicia deben actuar como un solo sistema estatal.
De lo contrario, el crimen simplemente desplaza su actividad de un componente a otro.
¿CÓMO MEDIR LA GUERRA?
También debemos cambiar nuestros indicadores.
El número de detenidos es importante.
Las toneladas de droga incautadas son importantes.
Las armas decomisadas son importantes.
Pero ninguno de esos indicadores, por sí solo, demuestra que una organización criminal haya sido estratégicamente desarticulada.
Hay que preguntar también:
¿Cuánto dinero ilícito fue identificado y bloqueado?
¿Cuántas estructuras financieras fueron desmanteladas?
¿Cuánto territorio recuperó realmente el Estado?
¿Cuánto disminuyó la capacidad de reclutamiento criminal?
¿Cuántas redes de corrupción fueron descubiertas?
¿Cuántas organizaciones perdieron su capacidad de regenerarse?
Estas son preguntas de estrategia, no solamente de estadística policial.
EL VERDADERO OBJETIVO
El objetivo no debería ser simplemente capturar al sicario.
Porque mientras exista el sistema que lo financia, lo arma, lo recluta y lo protege, otro ocupará su lugar.
Por eso la verdadera pregunta es:
«¿Cómo destruimos el sistema que produce al sicario?»
La respuesta exige actuar sobre el dinero, las rutas, la logística, las armas, la corrupción, las cárceles, la inteligencia, la justicia y el territorio.
El narcoterrorismo no necesariamente necesita derrotar militarmente al Estado.
Puede bastarle con debilitarlo, corromperlo, fragmentarlo y conseguir que la sociedad deje de confiar en su capacidad para protegerla.
Por eso la batalla decisiva no se libra únicamente en las calles.
Se libra también en los puertos, en las fronteras, en las cárceles, en los sistemas financieros, en las instituciones, en los tribunales y en la capacidad del Estado para recuperar aquellos espacios donde su autoridad ha sido desplazada.
La conclusión es sencilla, aunque su ejecución sea extraordinariamente compleja:
«No debemos medir la seguridad por cuántos delincuentes capturamos. Debemos medirla por cuánta capacidad criminal somos capaces de destruir.»
Ese es el cambio de paradigma que propone el Método Norero.
Porque frente a una amenaza sistémica, el Estado necesita una respuesta sistémica.
Y frente a un enemigo que ha aprendido a sobrevivir fragmentándose, infiltrándose y regenerándose, la estrategia no puede limitarse a perseguir sus cabezas.
«Hay que desmontar el cuerpo entero del sistema criminal.»
Y solamente cuando ese sistema haya perdido su capacidad de reproducirse, financiarse, corromper y volver a ocupar el territorio, podremos hablar verdaderamente de victoria estratégica.
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