Opinión

El mal mayor no suprime el mal menor

Daniel Tristancho/Guayaquil

Universidad Casa Grande.

¿Cuál era el punto de decirle a las feministas que vayan a trabajar a Afganistán? ¿Acaso la existencia de un lugar donde las mujeres no pueden mostrar ni sus tobillos por miedo a ser ejecutadas le otorga validez de repente todos los lugares que promueven conductas machistas de menor grado? Este repudiable comentario que salió al aire en un programa de radio, y toma como base una tragedia humanitaria para atacar a un colectivo que sigue siendo una minoría y tiene una gran justificación en lo que respecta a su lucha, solo demuestra la pobreza mental de Andrés Pellacini, quién ya tuvo que pedir disculpas por sus palabras a pedido de la Defensoría del Pueblo.

Su intento de hacerse el ingenioso y estipular que la mujer ecuatoriana no puede quejarse de discriminación y desigualdad en el país porque en otro sitio es mucho peor solo suma al problema. Desafortunadamente, este no fue el único comentario desubicado y preocupante que realizó el señor Pellacini. Posteriormente, opinó que si una mujer se viste de manera sugestiva en un entorno inseguro, ella es la que está provocando el abuso. 

Así es, su lógica establece que el perpetrador del abuso que reduce a la mujer y la obliga a actuar en contra de su voluntad no es el culpable, porque según este periodista, la culpable es la mujer que “despierta” este instinto depredador dentro del hombre que la agrede.

Somos humanos, no animales. Somos gente civilizada y no neandertales. Miles de años de desarrollo ya nos han dotado de la capacidad de distanciar lo bueno de lo malo inconscientemente, y aún así somos seres capaces de controlar nuestros impulsos. Hay un lugar para quienes no lo hacen y se llama prisión. La mujer puede vestirse como le dé la gana, y ningún hombre tiene el derecho de ponerle un dedo encima en contra de su voluntad. Si tanto le cuesta mantener aquel impulso, referenciado por Pellacini, bajo control, pues que se retire de la zona y busque ayuda.

Volviendo al punto inicial, el mal mayor no suprime el mal menor. El mal es mal y punto. Ecuador sigue teniendo dentro de su territorio determinadas zonas que se desbordan de discriminación y abuso hacía la mujer. Se debe condenar la represión a la mujer que la Ley Sharía impone en Afganistán, y asimismo, se debe trabajar para sensibilizar acerca de estas problemáticas a nivel nacional. El hecho de que un lugar sea mucho peor que Ecuador en este sentido no purifica a nuestro país, más bien, nos debería impulsar a alejarnos aún más de ese extremo.