Opinión

El maestro de Borges

Jorge Alania Vera
Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

 

Borges lo reconoció como su maestro y acaso eso baste para asegurar su inmortalidad. Pero un breve poema suyo queda para siempre en el imaginario de los enamorados desahuciados por la razón y por la vida: “Amor se fue; mientras duró / de todo hizo placer. / Cuando se fue / nada dejó que no doliera”.

“En el decurso de una larga vida- escribió Borges- me ha sido dado conversar con personas famosas; ninguna me impresionó tanto como Macedonio Fernández, o siquiera de un modo análogo. Presidía una perdida tertulia en cierto café de Balvanera. Para quienes concurríamos a ella, toda la semana no era otra cosa que la víspera de la noche del sábado. Norah, mi hermana, nos llamaba los macedonios. Trataba siempre de ocultar, no de exhibir, su inteligencia extraordinaria. Prefería el tono interrogativo, el sabio tono interrogativo de modesta consulta, a la afirmación categórica o magistral. Jamás pontificaba; su elocuencia era de pocas palabras y hasta de frases truncas. Recuerdo la vasta frente, la melena gris y el bigote gris, los ojos de un color indefinido, la figura breve y casi vulgar. El cuerpo era para Macedonio casi un pretexto para el espíritu. Una vez me dijo que un hombre podría vivir eternamente si respondía a los dictámenes del alma.”

La perplejidad y el desapego de Borges nos conmueven, pero los aprendió de él, de Macedonio, a quien en cierta ocasión le reprochó su distracción para perder cosas y papeles. Suponer que podemos perder algo- le respondió Macedonio- es una soberbia ya que la mente humana es tan pobre que está condenada a encontrar, perder o redescubrir siempre las mismas cosas.

Macedonio Fernández escribía sus poemas como el periodista sus artículos. Tenían, al decir de Borges, la “frescura y el descuido” de esas notas que aparecen y desaparecen cada día de las páginas de los diarios. De Mallarmé o Milton, el autor del Poema Conjetural dijo que buscaban la justificación de su vida en la redacción de un poema o acaso de una página. De Macedonio señaló que él escribía para comprender el universo y saber quién era o saber si era alguien.

Macedonio Fernández fue maestro de Borges. Su filosofía impregnó toda la obra del gran poeta a quien la mezquindad de desconocidos académicos de Suecia, negó el Nóbel. Por eso quería saber “quiénes somos, si somos algo, y qué o quién es el universo” y esa búsqueda fue dramática e incesante. Por eso mismo, instantes antes de morir, el autor de El Aleph, escéptico pero esperanzado, recitó el padrenuestro en los idiomas que le eran íntimos: el anglosajón, el inglés antiguo, el inglés, el francés y el español.