Opinión

“El Leviatán democrático: la mentira organizada que gobierna en nombre del pueblo”

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

(II)

Nos han hecho creer que la “opinión pública” es la voz de la mayoría.
Pero la verdad —incómoda, cruda, innegable— es otra: la opinión pública no existe como expresión libre; es una construcción dirigida, manipulada y administrada por quienes controlan la narrativa.

No es el pueblo quien habla.
Es el poder quien le pone palabras en la boca.

Los medios de comunicación, lejos de ser guardianes de la verdad, han mutado en operadores de intereses. Ya no informan: editan la realidad. Recortan, distorsionan, exageran o silencian según convenga a quienes financian su existencia. La publicidad no solo compra espacios; compra líneas editoriales, compra silencios, compra verdades a medias.

Y lo más grave: lo normalizamos.

Se ha institucionalizado la mentira elegante. Esa que no grita, pero insinúa. Esa que no falsifica del todo, pero mutila lo suficiente como para engañar.

Mientras tanto, los gobiernos —cada vez más autoritarios, más irritables, más intolerantes— han dejado de disimular. Ya no necesitan convencer; les basta con imponer. El disenso se convierte en amenaza, la crítica en delito, y el opositor en enemigo.

No buscan debatir ideas. Buscan desaparecerlas.

Se persigue, se desacredita, se asfixia. Se cierran espacios, se arrebatan tribunas, se destruyen reputaciones. Todo bajo el pretexto de “proteger la democracia”, cuando en realidad se la está vaciando desde adentro.

Y entonces, como último refugio, quedan las redes sociales.

Pero tampoco son inocentes.

Son el nuevo campo de manipulación masiva: algoritmos que deciden qué ves, qué piensas, qué te indigna. Fábricas de identidad, trincheras de polarización, vitrinas de egos que confunden visibilidad con verdad. Allí no gana el que tiene razón; gana el que logra más ruido.

En este perverso entramado —medios, poder político y plataformas digitales— ha nacido algo más peligroso que cualquier dictadura clásica: un Leviatán moderno, sofisticado, invisible.

Un monstruo que no necesita botas ni tanques, porque controla algo mucho más poderoso: la percepción.

Ese Leviatán no tiene ideología, tiene intereses. Hoy defiende a unos, mañana a otros. No cree en la verdad; cree en la conveniencia. Y cuando cambia el viento, cambia el discurso sin pudor.

Por eso la consigna es brutalmente simple y cínica:
a rey muerto, rey puesto.

No hay lealtades. No hay principios. Solo continuidad del poder disfrazada de cambio.

La democracia, tal como la conocemos, no está siendo atacada desde afuera. Está siendo consumida desde adentro, por quienes dicen defenderla mientras la convierten en un espectáculo controlado.

Y frente a eso, la pregunta ya no es política. Es existencial:

¿En qué momento dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en piezas de una narrativa diseñada por otros?

¿En qué momento aceptamos que pensar por cuenta propia era un acto subversivo?

Porque tal vez la verdad más peligrosa de todas no es que nos mientan…
sino que hemos aprendido a vivir cómodamente dentro de la mentira.

Semper Fi.