Opinión

El Hotel Tívoli de Salinas

Eduardo Bossano

elnegrobossano@yahoo.com

Me he tomado unos minutos regresando en el tiempo con los ojos ”cerrados” y visualicé el Tívoli de Salinas, hotel donde se hospedaban las familias guayaquileñas, ya en ese tiempo ya era viejo y desvencijado, pero tenía su encanto que se iniciaba desde que se llegaba a pasar las temporadas, la familia del hotel se componía de Miguel Ángel Garcés, Dorita su esposa dueños de la botica Rocafuerte que estaba localizada en Pedro Carbo y Roca, el gordo Pepe que venía todos los años y era el Papa Noel de los centros comerciales y por asaltarlo lo hirieron de muerte, Juan Santos yerno de Miguelito velerista que nos representó en muchas ocasiones a nivel internacional, María Delia su esposa y en ese tiempo Juan Chico y la “Pelín” niños aun.

Recuerdan como era la recepción del hotel, una mesa de billar que parecía de piedra te daba la bienvenida junto a una mesa de ping pong con la red podrida, un juego del sapo oxidado, unos butacones de madera con sus almohadones medio llenos medio vacíos, donde los viejos descansaban luego de esos almuerzos o meriendas sabrosísimas que cocinaba la familia y que te hacían sentir como en casa, el desayuno era algo aparte, recuerdo el pan hecho en el horno de la casa que rico que era, los huevos pasados y ese café tostado que le daba un toque especial al olfato.

Parte importante del hotel era el sordomudo que creció en el hotel y se conocía con todos quienes pasábamos la temporada, no recuerdo como se llama, que aún está vigente en Salinas y unos pastores alemanes inmensos que criaba.

Juan, el Studebaker de Miguelito auto clásico ya en ese entonces y que decir de las habitaciones, no sé si podría nombrar camas a aquellos recordados catres donde al acostarte sentías los resortes, el colchón era de lana de ceibo, de aquellos árboles que aún existen en la vía a la costa que cuando florecían parecía que había caído nieve. El olor a diesel y a creolina eran parte del cálido ambiente del hotel, el agua que salía de las llaves era por demás salobre era tan salobre que el jabón de rosas de aquellos chiquitos tan usado hoy en día en los moteles se te quedaba pegado en el cuerpo y cuando te acostabas la sabana parecía lija de la gruesa.

Eran los tiempos en que la luz de salinas además de tener una potencia como de vela, se acababa a las 12 de la noche y era cuando salían a relucir las Petromax y sus famosas camisolas, tiempo en que nos reuníamos los amigos de entonces a conversar y no dejábamos llevar por las fantasía que el balneario siempre representó para quienes lo vacilamos desde cortísima edad.

Las temporadas se hacían interminables, el Tívoli vio crecer grandes romances de temporada, esos romances de juventud, aquellos que nos hacían soñar y sentir mariposas en el estómago.

El baúl de los recuerdos by Eduardo Bossano

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