Opinión

El hombre con tics

María Cristina Menéndez Neale

cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

Se rasca la oreja, se rasca los ojos, se rasca la cabeza, se jala un poco los cabellos,  se rasca la nariz, arrastra de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba la piel de su cara con ambas manos. Por ratos cierra sus ojos con mucha presión, y luego los abre para volverlos a cerrar con mucha presión y rascárselos con sus dedos. Emite sonidos como si quisiera gritar pero no grita. Los tics delatan algo raro en él. Las personas a su alrededor esquivan su mirada y apresuradamente lo ignoran, no quieren hacer ningún tipo de contacto con aquel hombre que luce agitado y algo lunático.  Él se acerca a las personas y empieza a decirles con una sonrisa actuada <<¿Hola puede por favor darme algo de comer?>>; pero si no es el silencio, es un “no” lo que recibe de algunas personas.

Aquel hombre tiene un pantalón café, un suéter crema con dos parches cafés en los codos, y unos mocasines. <<No está mal vestido como para que necesite comida>> comenta una señora a otra en la fila del supermercado, donde aquel hombre había entrado agitado y sin saber dónde exactamente dirigirse. Camina de una caja a otra, como decidiendo por cuál empezar, visualizando cuál caja tiene clientes que pudieran ceder con lo que él necesita.

Se mueve de un lado a otro, sin decidirse, por lo que se para junto a la entrada del supermercado y le pregunta a un par de personas si por favor le pueden comprar comida, pero sólo es ignorado. Se rasca la oreja, se rasca los ojos, se rasca la cabeza, se jala un poco los cabellos, se rasca la nariz, arrastra de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba la piel de su cara con ambas manos. Por ratos cierra sus ojos con mucha presión, y luego los abre para volverlos a cerrar con mucha presión y rascárselos con sus dedos. Emite sonidos como si quisiera gritar pero no grita. Vuelve a entrar, y finalmente se acerca a la caja que sólo recibe hasta diez productos de compra. Empieza  a hablarle a la cajera mientras toma un sobre de sopa que hay en la exhibición de la caja y le pregunta:

–¿Ha probado esto? –la cajera solo le sonríe a medias y vuelve a dirigir su mirada a las compras de su cliente –. Seguro es muy sabroso, ¿no cree? ¿Ah?

–Sí, seguro –le responde ella mirándolo de reojo.

Aquel hombre vuelve a dejar el sobre en su lugar y le toca el hombro al cliente que está terminando de guardar sus compras en las fundas.

–¿Tiene dinero para comprarme algo de comer?

–No, no tengo más efectivo.

Enseguida dirige su mirada y sonrisa forzada a una señora de cabello colorado que se encuentra atrás del primer cliente, pero ella sólo tiene su mirada fija en su bolso, con su billetera abierta pero dentro del bolso para que él no pueda ver cuánto ella tiene. Ella permanece como una estatua mientras la cajera pasa las compras por la máquina. Él sigue viéndola y emitiendo gemidos y haciendo sus tics, a dos pasos de distancia. Cuando ella va a sacar el billete para pagarle a la cajera, él se distrae por una mujer que está sacando dinero de un cajero automático que está ubicado detrás de él. Se acerca a ella y la aborda tocándole el hombro y bien cerca de ella como para que ella no pueda dar una excusa.

–¿Hola cómo está? ¿Tiene dinero para comprarme algo de comer?

–Eh… claro, pero creo que mejor sería si vamos a la cafetería de aquí a lado y te compro algo.

–Prefiero que me de nomás el dinero.

–Pero no sé que quieres comer y cuánto puede costar, por eso mejor vamos a lado para que tu escojas lo que quieras y yo lo pago.

Se rasca la oreja, se rasca los ojos, se rasca la cabeza, se jala un poco los cabellos,  se rasca la nariz, arrastra de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba la piel de su cara con ambas manos. Por ratos cierra sus ojos con mucha presión, y luego los abre para volverlos a cerrar con mucha presión y rascárselos con sus dedos. Al ver cómo este señor hace estos tics sin parar e insiste en que prefiere el efectivo, ella saca inmediatamente cincuenta dólares en caso de que vaya a presionarla con más. Se los entrega, él le dice “gracias” y se da la media vuelta. Camina de un lado a otro, no sabe si quedarse un rato más dentro del supermercado o ir a otro lugar.

Finalmente decide salir, y mientras camina hacia la vereda, un señor que lleva consigo varias fundas, se le acerca y le dice:

–Noté que necesitaba comida, así que le compré un poco –le dice mientras deja todas las fundas en el suelo,  para poder abrir una que está entre sus manos, cuyo contenido tiene un molde de pan, queso, jamón, dos cajas pequeñas de jugo de naranja, una manzana y un guineo.

El hombre, entre sus tics, arrancha la funda de las manos del señor y la tira al suelo, se da la media vuelta y empieza a caminar mientras grita de espaldas: –¡Hubiera sido mejor que me de dinero, para comprar lo que yo quiero!

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