Opinión

El extraño ‘destape’ de Adán Augusto López abre muchas dudas

Ricardo Raphael es periodista, académico y escritor mexicano. Su libro más reciente es ‘Hijo de la guerra’.

Adán Augusto López Hernández, actual secretario de Gobernación de México, ha sido propuesto como precandidato del partido oficialista Morena para las elecciones presidenciales de 2024. La postulación la hizo el presidente Andrés Manuel López Obrador el 28 de abril.

Con él sumarían ya cuatro aspirantes bajo la bandera de Morena, que hasta hoy va arriba en las encuestas para las elecciones locales de este año. López Hernández es el último en entrar a la lista corta después de Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno de Ciudad de México; Marcelo Ebrard, canciller; y Ricardo Monreal, líder de Morena en el Senado.

Una encuesta del periódico El Financiero del domingo 10 de abril, que se realizó durante la consulta para la revocación de mandato, señalaba que solamente 5% de las y los militantes de Morena considerarían al secretario de Gobernación para el puesto. Sin embargo, las percepciones de López Obrador son diferentes.

En una reunión con representantes de Morena y otros partidos aliados, el mandatario cubrió de halagos a López Hernández y consiguió que los asistentes aplaudieran con entusiasmo mientras coreaban: “Presidente, presidente”. López Obrador agregó: “Nos ayuda mucho con los acuerdos con los legisladores, con gobernadores, con la Fiscalía General de la República, con el poder Judicial. Me ayuda, me aligera la carga…”.

Es evidente que el mandatario está muy satisfecho con el papel jugado por su secretario de Gobernación, y ello se debe al la función que desempeñó justamente ante la revocación de mandato. En agosto de 2021, el presidente expresó su enojo ante la incapacidad de sus principales operadores políticos para sacar adelante en el Congreso la ley reglamentaria de la revocación de mandato.

La entonces secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, para ese momento no había logrado articular una mayoría legislativa alrededor de ese importante encargo presidencial. El presidente había pedido a Julio Scherer, quien ocupaba la Consejería Jurídica de la Presidencia, que no interviniera, por lo cual no tuvo margen para resolver el asunto. Y Ricardo Monreal no había podido desatorar el trámite con la oposición.

Al parecer, ninguno había dimensionado la importancia otorgada por el mandatario a la revocación de mandato. Fue en este contexto que el entonces gobernador del estado de Tabasco, Adán Augusto López, fue llamado para sustituir a Sánchez Cordero. El temblor provocado por este movimiento hizo que también Scherer abandonara su puesto en el gabinete.

Apenas tomó protesta como responsable de la política interior, López Hernández envió un mensaje conciliador dirigido a la oposición y otro convocando a la unidad entre dirigentes de Morena y los posibles futuros candidatos presidenciales. También asumió un rol clave como interlocutor del gobierno con la cúpula empresarial, sobre todo para negociar la reforma eléctrica.

Hacia principios de este año, las virtudes políticas del secretario merecieron reconocimiento desde todos estos frentes. Sin embargo, la luna de miel no duró mucho. La decisión del gobierno de votar la reforma eléctrica, sin considerar opiniones ajenas, reventó la relación. Tuvo un efecto similar el que hiciera campaña abierta —utilizando recursos públicos— para movilizar a la población en la revocación de mandato, a pesar de las prohibiciones legales.

Si bien López Hernández es todavía eje de cohesión entre una mayoría de representantes federales pertenecientes a Morena, el que López Obrador lo haya mencionado como posible candidato hacia el 2024 ya le arrebató el papel de mediador con quienes compiten por el mismo puesto; el principal atributo con el que López Hernández ingresó a la gran escena nacional se devaluó muy pronto.

El hombre sosegado, maduro, negociador y serio —credenciales que entusiasmaron a propios y extraños— perdió el sosiego cuando desafió la ley para promover la campaña de ratificación de mandato, al tiempo que su rol como árbitro político fue arrojado a un barranco porque ni la oposición ni su partido confiarán más en él en caso de un conflicto.

¿Puede López Obrador, a partir de su propia popularidad, hacer crecer las preferencias a favor de López Hernández dentro de las bases de Morena? La respuesta tendería a ser positiva, pero implicaría consecuencias irreversibles para las demás personas contendientes. Sobre todo, haría daño a las aspiraciones de Sheinbaum quien, hasta muy recientemente, era vista en los círculos políticos como la abanderada favorita del primer mandatario.

Según la encuesta de El Financiero, ella contaría con las más altas preferencias entre las huestes morenistas, con 27%. Ebrard vendría en segundo lugar, con 25%. Pero, a diferencia de su principal contrincante, el canciller podría además beneficiarse del voto alejado de Morena que le considera como una alternativa transitable. Tal cosa no es trivial en un contexto donde la oposición adolece de candidaturas fuertes.

En conclusión, si López Obrador decide apoyar de lleno a su secretario de Gobernación desfondaría a Sheinbaum y terminaría fortaleciendo las aspiraciones de Ebrard. Y en una eventual contienda entre Ebrard y López Hernández, según las encuestas actuales, arrasaría el primero.

Cabe preguntarse para qué lanzó el presidente al ruedo a su secretario de Gobernación. Como estrategia se antoja errada, a menos de que Sheinbaum no sea realmente su primera opción, sino Marcelo Ebrard.

 

 

 

 The Washington Post