Opinión

El extraño caso Guayaquil

Juan Javier Campoverde

jj_campoverde@hotmail.com

@JuanCalambre

En Guayaquil se observa un fenómeno social bien marcado: el elitismo. Es una mezcla de mal gusto, poca inteligencia, y falta de identidad. Un complejo de superioridad tan desagradable como lamentable que afecta toda la cultura.

Si bien al inicio de su historia moderna el guayaquileño desarrolló una mentalidad abierta, propia de su condición porteña, marcada por intercambios culturales y mercantiles; esta casta cosmopolita ya no existe.

La ciudad creció a su manera pero su gente se atrofió. Los primeros habitantes estaban conscientes que una identidad se fragua con el tiempo; y que el “guayaquileñismo” es un sentimiento nuevo y susceptible de ser moldeado.

Pero el guayaquileño de hoy jamás admitiría que su identidad está en construcción. Nunca abrazaría su falta de identidad como su identidad misma. Piensa que su identidad está forjada con un encebollado y un guerrero de madera. Y tiene la sensación de vivir en un cayo, no en un puerto.

El elitismo supone elementos que lo justifiquen: ignorante/letrado, pelucón/pobre, cholo/aniñado, y así por el estilo. Siguiendo estos parámetros, quienes se consideran élite toman sus decisiones: cierto tipo de auto, de ropa, de teléfono, de barrio; y por supuesto la asociación o segregación.

La afectación a la cultura es la falta de criterio. Los pobres reniegan de los “pelucones”, pero ellos anhelan ser uno: alguien que viaje, que pueda comprar una casa, tener dinero. Los inteligentes reniegan de los ignorantes, pero su sentido de élite los ciega hasta el punto de vivir en Guayaquil y dormir en Samborondón, gastando miles de dólares en casas diminutas dentro de guetos.

Cuando se trata de cholos y aniñados la élite se empina. Aquí hay gente que cree tener sangre azul; esto no sólo se manifiesta en la compra de artículos lujosos o costumbres extravagantes sino también en un hermetismo exagerado. Se rehúsan a conocer gente nueva, a menos que sea de familia conocida (o rico).

El problema persistirá pues este delirio de élite se contagia fácil. El que tiene menos copia lo que hace el que tiene más, sin preguntas. Así propagan un error por imitación.

¿Qué pasará cuando estos niños crezcan y deban trabajar en una ciudad que no conocen porque no cruzan el puente? ¿Cuál será su aporte de identidad? Fracasarán sin saber cómo ni por qué. Y repetirán lo que oyeron en casa: los hijos de los “cholos” acaparan todo.

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