Opinión

El Evangelio apócrifo

Jorge Alania Vera
Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

 

 

Marcos, Mateo, Lucas y Juan escribieron la historia del Cristo de la fe. No la del carpintero de Nazareth que se perdió treinta años entre un taller, unas calles pedregosas y un insignificante pueblo que quedaba en los alrededores del desierto, sino la del Hijo de Dios que entró un domingo en Jerusalén montado en un burro y murió crucificado tres años más tarde en el monte llamado de la Calavera.

Los evangelios de la fe no son históricos sino legendarios. Se rezan, pero no se practican porque, como ha señalado Jorge Luis Borges, están hechos para ángeles, no para hombres. Pero son textos sagrados de una gran fe y eso ha bastado para que se difundan en todas las lenguas y sean dichos y recordados por millones como la palabra de Dios.

Hay, sin embargo, algunos fragmentos de un evangelio que Borges ha llamado apócrifo pero que es parte de su obra y que está hecho a la medida del destino humano. No es admonitorio sino reflexivo. No contiene enseñanzas sino disyuntivas que cualquiera entiende. No hay en él, ética que no sea la de la perplejidad y compasión con las que hay que mirar la vida propia y ajena.

“Desdichado el pobre de espíritu, porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra” dice Borges. Y agrega: “Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria”. Al texto bíblico que señala que los últimos serán los primeros, opone el suyo: “No basta ser el último para ser alguna vez el primero”. Cristo en el evangelio de Marcos pregunta: “Qué es la verdad.” Borges responde: “Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen”. A Borges no le importa el hambre de justicia, por ello dice: “Bienaventurados los que no tienen hambre y sed de justicia, porque saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar, que es inescrutable” Y añade: “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque les importa más la justicia que su destino humano”.

“Nadie es la sal de la tierra; nadie, en algún momento de su vida, no lo es.” escribe Borges, así como: “El que matare por la causa de la justicia, o por la causa que él cree justa, no tiene culpa”. El evangelio reza: Amaos los unos a los otros. Borges replica: “No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz”. Y agrega esta perla de la sabiduría: “Resiste al mal, pero sin asombro y sin ira. A quien te hiere en la mejilla derecha, puedes volverle la izquierda, siempre que no te mueva el temor.”. Y esta otra, tan humana y tan diáfana: “No exageres el culto de la verdad: no hay hombre que, al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces”.

El evangelio santifica a Pedro, porque es piedra y sobre ella se edificó la Iglesia. Borges santifica a cualquiera al decir: “Nada se edifica sobre piedra, todo sobre arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena”.