Opinión

El espejo enterrado

Jorge Alania Vera
Jorge.alania@gmail.com
Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

 

 

 

En El Tajín, en México, hay una pira de espejos que datan de más de mil años y cuyo nombre es relámpago. Los totonacas los enterraban junto a sus muertos para que les enseñaran el camino de vuelta a los dioses. En su inocencia- que era iluminación- la imaginación indígena supo que la deidad que inspira temor, se manifiesta hasta en la sola hoja de un árbol o en una delicada brizna de yerba. Por ello su corazón- y su psique- comulgaban con la tierra en un genuino acto de amor.

En el Camino de los Dioses hay un espejo, una espada y un árbol. El espejo que los refleja y los hace surgir de su letargo infinito, simboliza el mundo, el campo de la imagen reflejada. La divinidad despierta, contempla su gloria y es feliz y esa felicidad la induce a manifestarse, a crear. La espada es el rayo que hace nacer y el árbol, con sus ramas cósmicas, es el eje de todo lo creado. En el camino de los hombres hay un espejo, una cruz y un río. Es espejo que nos refleja, a la vez nos confunde…La cruz es el símbolo de la muerte y el río es la vida que corre y que no sabemos de dónde viene ni a dónde va. Pero aun así, debemos representar la eternidad en el tiempo y percibir en el tiempo la eternidad.

El espejo que nos refleja a la vez nos confunde. Obsesionados por la luz, vamos en la búsqueda de cualquier resplandor que pueda disimular, si acaso, las penetrantes sombras de la vida. Nos seduce el esplendor del misterio, pero nos aterra la revelación de nosotros mismos. El espejo es la magia pero también la cifra. Mirarse en él es descubrir y, por lo mismo, interpretar. En su convexa mano están el cielo y la luna y algunas estrellas rutilantes y solas. En su cóncavo sueño yacen el mar y el río y, de algún modo yo, que no quisiera ser pero soy el espejo de mi alma.