Opinión

El episodio del violín

María Cristina Menéndez Neale

Cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

Caminando un día domingo por el Paseo de la Reforma, veía personas andando en sus bicicletas, apenas permitiendo que cruce la calle, por lo que desistí y continué mi caminar por la vereda, donde habían familias, ancianos, jóvenes paseando con sus perros; todos tenían perro. También habían un par de chicos andando en patines que no rodaban bien, quedando como novatos, por los espacios que habían entre las baldosas de la amplia vereda.

Entre el movimiento había un hombre que realmente llamó mi atención; era un violinista, que en lugar de hacer sonar su instrumento, hacía sonar su nariz y boca con ronquidos; estaba parado, apoyado de espaldas a un árbol, y su cabeza estaba desparramada hacia su hombro izquierdo.

Temí que el violín que llevaba agarrado de su mano derecha se le afloje de los dedos y caiga al suelo. Quería acercarme a despertarlo, pero no lo hice; capaz se asustaba y se cumplía lo que quería yo evitar. Y si tomaba su violín y se lo guardaba dentro de la caja que estaba abierta, alguna mala persona podía pasar y robárselo… Solo quería que despierte pronto.

Seguí caminando, dejando atrás al violinista, pensando en cuánto me gustaría tener uno de esos perros ovejeros, un Border Collie; acababa de ver uno pasar a mi lado y recordé que es una raza que me gusta mucho. Un viejo era quien lo llevaba de una correa; caminaban despacio, permitiéndome contemplar al animal el cual me provocaba abrazar y tal vez robar, pero robar solo en mi mente.

Junto al perro, pasó una chica con ropa deportiva y un chihuahua, un perro que no me gusta nada, pero tampoco odio; no odio a ningún perro, es imposible hacerlo…pero en ese momento si lo odié un poco; no paraba de ladrarle al ovejero y al viejo. Por suerte la chica empezó a acelerar su paso y se fueron alejando, pero los ladridos continuaron.

De pronto, lo ladridos fueron sordos para mí cuando pasó junto a mí un joven, que también vestía ropa deportiva. No me cuadró ver a alguien haciendo deporte con un violín en la mano… y fue ahí cuando caí en cuenta que ese podía ser el violín del pobre señor. Así que di la media vuelta y caminé hacia él, quien para mi sorpresa, seguía dormido y junto a él, no había ningún violín…Me acerqué a él y le toqué el hombro, pero como no reaccionó, se lo sacudí. El hombre despertó y me miró desorientado.

–Alguien se llevó su violín –le dije, señalando hacia la derecha en dirección hacia donde estuve caminando.

–Así veo… –dijo el violinista cuando se rascó los ojos para despertarse mejor y fue ahí cuando reaccionó, para mi sorpresa, tranquilo.

–Se fue por allá –le vuelvo a señalar hacia la derecha, observando que el tipo ya se había desvanecido del camino.

–¿Y qué puedo hacer? – me respondió encogiéndose de hombros. Luego se agachó hacia la caja del violín y empezó a contar las monedas y billetes que le habrían dejado en algún momento del día; aunque era temprano, así que no sé en qué momento habría tocado su música.

–Debí despertarlo…

–¿Ah? –me fijó su mirada, achinando sus ojos, colocándose una mano sobre la frente como tapando sus ojos del sol, pero ese día no hubo sol y él estaba debajo de un árbol. Creo que seguía soñoliento y desorientado.

–¿Toca algún otro instrumento? ¿O tiene otro violín? –pregunta idiota la que hice, pues el hombre no parecía de muchos recursos como para tener más instrumentos.

–No toco ninguno…

–¿Entonces que hacía con un violín?

–Alguna vez me lo regalaron… es mío. Veo que a los músicos les pagan mejor en las calles que a los que piden por pedir dinero… así que salgo con esto a la calle y me pagan.

–Pero cómo le pagan si no sabe tocar…

–Ellos no saben que no sé tocar… Ahí está la cosa.

–¿Cómo? –le pregunté, no entendía nada…

–Toco apenas dos notas y luego hago como si me quedo dormido; lo bueno es que hay personas que a la primera nota, o antes de escucharme ya me dan algún dinerito. Pero hoy me quedé dormido de verdad, al parecer. Es que hubo una mujer que no se iba, que esperaba a que despierte, entonces tuve que seguir fingiendo por unos eternos minutos hasta que se fuera, pero ni cuenta me di cuando se fue porque parece que me dormí de verdad, al esperar que se vaya.

–Y por vivo le robaron su violín.

–Sí, por suerte estoy vivo, y solo me robaron.

–Bueno, señor, qué bueno que esté bien. Adiós –le dije, dándome la media vuelta, un tanto decepcionada de que no lo toque de verdad, pero igual triste porque yo pude evitar que se lleven su violín. Quién sabe… y capaz haya sido un regalo de algún familiar querido…

Retomé mi caminar y al llegar al final de la cuadra, visualicé de nuevo al joven que se había robado el violín. Estaba junto a un carrito de helado, tomándose un empastado, mientras seguía sujetando el violín, el cual estaba debajo de uno de sus brazos.

Me quedé observándolo. Estaba a dos metros delante mío; pero luego, lo dos metros se hicieron tres, y luego cuatro…se estaba alejando del carrito de helado. Sentí que algo debía hacer. El joven ya estaba a unos diez metros lejos de mí, cuando pensé que capaz debía decirle algo… pero después pensé que seguro no me haría caso o se echaría a correr o podría hacerme daño; por lo que respiré de forma profunda un par de veces, boté el aire por la boca, y corrí hacia él. Le arranché el violín por detrás, y me di la media vuelta para correr en dirección al violinista.

El joven no me siguió, no le quise ver la cara cuando le quité el violín. A unos metros de distancia, me volteé a verlo y ya no estaba; <seguro se habría echado a correr del susto también> pensé yo…Cuando llegué al árbol donde estaba el supuesto violinista, para mi mala sorpresa, éste ya se había ido; y en cuestión de segundos, unos guardias de la zona me agarraron de los brazos y me pusieron esposas. Junto a ellos, estaba el joven deportista y con su boca embarrada por unas manchas del helado que se tomó.

Ahora llevo veintisiete horas dentro de una celda…pensando que debí haber despertado a tiempo al señor del violín… miserable violín, miserable culpa. Si tan solo tuviera aquel perro ovejero, haciéndome compañía en estos momentos.

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