Opinión

El ejército ciego

Jorge Alania Vera
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Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

 

 

 

Da lo mismo que la epopeya de Basilio II, emperador de Bizancio, en los primeros años del siglo décimo, sea historia o leyenda, porque ambas se entremezclan en la memoria de los pueblos y porque los límites de la realidad son idénticos a los de la imaginación que no tiene límites.

Basilio II, conocido como el «Matador de Búlgaros» fue un emperador bizantino que dirigió su imperio desde el 976 al 1025 y que era célebre por su por su extrema crueldad, pero al mismo tiempo por su sagacidad militar y política. Vencedor de los búlgaros en la batalla de Kleidión hizo prisioneros a 15 mil soldados enemigos y ordenó que a todos se les arrancaran los ojos, salvo uno por cada cien para que los guiaran de regreso, Con esa represalia salvaje, no sólo buscaba demostrar lo que un castigo significaba para él, sino amedrentar la moral de sus enemigos externos e internos. Así consolidó un gobierno implacable que dejó un gran legado interno y consolidó un amplio territorio que se extendió desde Armenia hasta el mar Adriático.

Era la ley de la selva. Como ha sido siempre. Como es ahora. El esplendor de Bizancio y un ejército de ciegos que no lo puede ver. Bizantinos peleaban contra búigaros mientras que los antepasados de los bosnios, croatas, italianos, húngaros se peleaban entre sí y el califato Fatimi avanzaba por el este y las tribus del Asia menor se aventuraban por el oeste. Caín y Abel con rostros y lenguas distintas se disputaban cada palma de tierra europea.

Pero El ejército ciego es también el título de la novela del escritor mexicano David Toscana, galardonada con el Premio Alfaguara 2026 y que trata, precisamente, sobre esta época, un brutal castigo y un ejército derrotado en la épica batalla de Kleidión.

La novela es una magnífica crónica de los vencidos sin gloria y sin ojos. Los soldados, derrotados y humillados, tratan de seguir viviendo como pueden, intuyendo que a la postre serían olvidados, como esa batalla.

Borges refiriéndose a su ceguera casi total escribió: “Mi caso no es especialmente dramático. Es dramático el caso de aquellos que pierden bruscamente la vista: se trata de una fulminación, de un eclipse; pero en el caso mío empezó cuando empecé a ver.”

Una fulminación, un eclipse: eso es lo que pasó el 29 de julio de 1014 al terminar la batalla de Kleidion con 15 mil soldados bizantinos, en el valle entre las montañas de Belasica y Ograzhden, cerca del actual pueblo búlgaro de Klyuch, en el norte de Grecia.