Opinión

El don de lo concreto

El Metro es la aguja y el hilo que zurcen un mapa segmentado, que une el centro con la periferia y las distintas pieles de la criatura llamada Santiago.

Alguna vez escribí que el mapa de Santiago parecía un estallido, o más bien la huella que deja en la superficie de un vidrio una piedra arrojada con violencia en su contra. Ahora, mientras escribo estas líneas, después de recorrer la recién inaugurada Línea 3 del Metro, pienso que nuestra capital también se asemeja al cuerpo de un animal de muchas cabezas, tendido bajo un sol que lo azota sin piedad la mitad del año; una criatura a la que nos cuesta hallarle atractivo y a la que solemos maltratar de palabra y obra como lo haría un amo despiadado con una bestia a su servicio.

Creemos que la ciudad es “un algo” aparte de nosotros mismos, pero esa diferencia no es tal. Los habitantes de la capital, los santiaguinos nativos o adoptados, somos a la vez la bestia, el amo, el maltrato y también alguna de las muchas cabezas de esa criatura cercada por la cordillera, que no tiene más horizonte que mirarse a sí misma con cierto disgusto a veces y en ocasiones con algo de autocompasión. Solo muy de tarde en tarde llega la algarabía

Estábamos contentos. Una felicidad a la medida de nuestro carácter, de nuestro espíritu que suele expresar emociones positivas en forma de arenga o de canción nacional, como si la dicha necesitara de un certificado notarial para poder demostrarla en conformidad. En la Estación Libertadores, una mujer trataba de explicarle al reportero de un canal comunal lo que significaba para ella la Línea 3. Luego de muchas palabras sueltas, exclamaciones acompañadas de inflexiones de voz carentes de sintaxis, articuló una cifra mensurable: me ahorro 15 minutos de viaje, imagínese.

Enseguida extendió una bandera tricolor azul, amarilla y verde que yo jamás antes había visto: es la bandera de Quilicura, me explicó posando para una foto.

Nadie celebra así una autopista, nadie celebra de un modo similar un corredor de buses ni un nuevo recorrido troncal.

El Metro de Santiago tiene el don de lo concreto y mensurable: es el tiempo ahorrado, son los carros, las estaciones, los mosaicos, la arquitectura interior, los logos, los colores, las frecuencias y los minutos de distancia. Ni siquiera el colapso del Transantiago, que sacudió su prestigio con secuelas que hasta hoy se viven día a día sobre todo en la Línea 1, consiguió alterar los atributos que los santiaguinos le otorgan al sistema de transporte de trenes metropolitanos. Es una idea muy palpable de algo moderno y a la vez público que cumple un servicio de manera eficiente. Es también la aguja y el hilo que zurcen un mapa segmentado, que une el centro con la periferia y las distintas pieles de la criatura llamada Santiago.

En uno de los niveles de la Estación Plaza Egaña se exhiben tres grandes fotografías que muestran obras viales de principios del siglo XX. En las imágenes aparece un par de obreros instalando rieles junto a un muro de adobe: era el comienzo del fin de los tranvías de sangre. “Fue el primer gran cambio en el sistema de transporte de Santiago”, indica el cartel. En la segunda década del siglo pasado los tranvías eléctricos alcanzaron los 40 recorridos. Los vestigios de esa época aparecen de cuando en cuando bajo el pavimento de Santiago poniente como las ruinas de una civilización perdida, algo que no sobrevivió a los procesos económicos y políticos y acabó siendo reemplazado por las máquinas de microbús -poco más que carrocerías de carga adaptadas para pasajeros-, que como insectos colorinches recorrieron Santiago hasta los primeros años de los 90. Las imágenes de televisión de esa época nos enfrentan a una ciudad grisácea atravesada por enjambres de micros desbordadas hasta las pisaderas. En contraste, dos modestas líneas de tren subterráneo en forma de cruz guardaban el decoro de una modernidad que no alcanzaba para más.

Justo a la salida de la Estación Vivaceta, frente a una óptica de barrio de apellido italiano, un cartel con letras amarillas fosforescentes pegado a la parada de micros anuncia el concierto de un cantante llamado Toño Centella, una celebridad que concita el interés de la comunidad peruana. Recordé que cuando se inauguró la Línea 5 en 1997, aquella que integró un nuevo sector de la población al sistema de trenes metropolitanos, recién comenzaba a llegar la primera ola migratoria de peruanos. La expansión del Metro, en cierto modo, ha estado aparejada con las transformaciones de una ciudad destinada al cambio.

Este lunes, antes de la inauguración de la nueva Línea 3, un urbanista argentino hizo circular por sus redes sociales una imagen de cómo luciría el mapa de Buenos Aires si contara con una red de Metro como la que ahora tiene Santiago: “habría estaciones de subte hasta en el conurbano”, les anunciaba a sus contactos. La criatura maltratada tendida al sol era tomada como ejemplo por un habitante de la metrópolis más orgullosa de la región. Tal vez no tendríamos su historia de vitalidad cultural abierta al mundo, pero sí un proyecto que, a pesar de todo, se ha mantenido a través de los años y los gobiernos como un gesto concreto de dignidad para los habitantes de una capital que evita mirarse al espejo de tan consciente que está de sus muchos defectos. El Metro es una de las virtudes de nuestra capital, una capaz de congregarnos en torno a una alegría compartida: la felicidad tenue de poder convivir con dignidad a pesar de las distancias que nos encanta mantener para sentirnos a salvo de nosotros mismos.

Autor: Óscar Contardo,Chile.