Opinión

El discurso religioso en democracia

Por: Guillermo Jensen/ Argentina

 

Se ha vuelto habitual que destacados intelectuales critiquen la sola presencia de discursos religiosos en el ámbito público, porque entienden que representan algo negativo para la democracia y el pluralismo. Esta idea resulta cuanto menos cuestionable.

En primer término, este tipo de visiones negativas se sustentan en un prejuicio basado en el origen de un argumento, al que se impugna por el solo hecho de provenir de una tradición religiosa, sin valorar su consistencia. Este prejuicio impide apreciar los fines y bienes comunes a los que esos discursos religiosos se dirigen. Como sostuvo el filósofo Charles Taylor, los argumentos en defensa de los derechos humanos basados en una lectura de la Biblia o en la razón práctica kantiana difieren en su origen pero convergen en su finalidad. En sociedades plurales y democráticas, ningún creyente puede imponer a un no creyente su cosmovisión religiosa, como tampoco estos últimos tienen derecho a privilegiar un discurso laicicista y discriminar el discurso religioso por el solo hecho de no tener un origen secular.

En segundo lugar, el discurso religioso estructurado como razón pública tiene la potencialidad de revitalizar muchas de las mejores intuiciones éticas que tenemos como seres humanos. El discurso religioso resulta particularmente adecuado para abordar los más delicados debates éticos de la actualidad, como los límites a la manipulación genética y los usos de la inteligencia artificial. Como lúcidamente sostiene el rabino Szlajen, la reflexión ética con raíces religiosas puede servirnos para cuestionar el extendido sentido común de nuestro tiempo, que, implícitamente, sostiene que «todo lo deseable es posible y todo lo técnicamente posible es éticamente aceptable».

En tercer lugar, cierto tipo de discurso religioso tiene la capacidad de facilitar el señalamiento de problemas sociales que afectan a toda la comunidad y, por lo tanto, de robustecer el debate público en torno de ellos. Es sin dudas el caso de algunas intervenciones públicas del papa Francisco, quien apoyándose en una larga tradición de la Iglesia Católica articula un discurso religioso que contiene una dimensión social muy notable. El discurso social de Francisco, de indudable raíz evangélica, permite que creyentes y no creyentes se reconozcan mutuamente en torno del abordaje de problemas comunes a nuestras sociedades, como los de la exclusión social, el drama de las migraciones masivas y la crisis ecológica de la «casa común».

Por su estilo claro, simple y directo, el discurso de Francisco tiene la potencialidad de interpelar a todos los miembros de la comunidad, sean creyentes o no. Su diagnóstico de los problemas y desafíos de un mundo caracterizado por la «cultura del descarte», que ha debilitado los lazos sociales y la construcción comunitaria, es compartido por destacados intelectuales lejanos a toda tradición religiosa, como Richard Sennett, Zygmunt Bauman y Jürgen Habermas.

Los intelectuales críticos de la religión suelen olvidar que el acto de menospreciar y discriminar una idea o discurso en virtud del origen no ha sido históricamente monopolio de las tradiciones religiosas. Por el contrario, los más sangrientos totalitarismos del siglo XX batallaron contra las religiones, fundando sus ideologías a partir de la muy secular idolatrización del Estado, el Pueblo y la Raza.

El discurso religioso estructurado como razón pública impide exigir a los no creyentes que compartan el punto de partida religioso de un argumento, pero también demanda a estos últimos que acepten su legitimidad democrática: la religión en las sociedades modernas no debe condenarse irreflexivamente como algo negativo ni debe recluirse solo a la esfera privada de las personas. En ese recíproco reconocimiento se asienta gran parte de la esperanza en una sociedad mejor.

El aporte del discurso religioso nos permite robustecer nuestras deliberaciones y dejar de lado al relativismo moral que hace coincidir lo que es verdadero y bueno con lo que es conveniente para nosotros mismos. Fue justamente Habermas, el intelectual laico más importante de esta época, quien percibió que «el uso público de la razón, por parte tanto de ciudadanos creyentes como de los que no lo son, puede robustecer la política deliberativa en una sociedad pluralista». Que así sea.

Docente e investigador. Doctor en Derecho Político.