El dique que nunca hemos construido
Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.
Hay algo profundamente desconcertante en el debate nacional sobre el narcotráfico y el narcoterrorismo: hablamos permanentemente de sicarios, asesinatos, masacres carcelarias, extorsiones, secuestros, capturas y enfrentamientos, pero pocas veces colocamos en el centro de la discusión la pregunta esencial:
¿Por dónde entra la droga al Ecuador, cómo atraviesa nuestro territorio, por dónde sale y dónde termina el dinero que produce ese gigantesco negocio criminal?
Mientras no respondamos esas preguntas y actuemos sobre ellas, seguiremos combatiendo las consecuencias de un fenómeno cuya estructura permanece prácticamente intacta.
Los generales y expertos en seguridad que frecuentemente aparecen en los medios de comunicación tienen la obligación de explicar al país algo que parece elemental: Ecuador no se convirtió de la noche a la mañana en una plataforma estratégica para la exportación de cocaína solamente porque existen organizaciones criminales dentro de nuestras ciudades.
La droga llega desde los grandes centros de producción regionales. Una parte importante ingresa por las fronteras terrestres con Colombia y Perú, atraviesa corredores nacionales y posteriormente busca sus rutas de salida, fundamentalmente marítimas, aunque también aéreas.
Y allí aparece una pregunta incómoda que nadie debería eludir:
¿Dónde está el Estado mientras esa cadena logística funciona?
No se trata de responsabilizar exclusivamente al Ejército de un problema que corresponde al conjunto del Estado. La seguridad fronteriza, la inteligencia, la Policía, las Fuerzas Armadas, Aduanas, Fiscalía, inteligencia financiera y las autoridades civiles tienen responsabilidades distintas y complementarias.
Pero tampoco podemos ignorar que las Fuerzas Armadas tienen una misión fundamental en el control y vigilancia de las fronteras terrestres y que, por tanto, deben ser parte central de cualquier evaluación seria sobre cómo se está impidiendo el ingreso de organizaciones, armas, precursores, dinero y cargamentos de droga al territorio nacional.
Estamos combatiendo el incendio, pero no cerramos la puerta
El error estratégico consiste en concentrarnos excesivamente en la violencia que vemos y no suficientemente en la infraestructura criminal que la produce.
Un sicario puede ser reemplazado.
Un jefe criminal puede ser asesinado.
Una banda puede ser desarticulada.
Pero si permanecen abiertos los corredores por donde entra la droga, continúan funcionando los puertos clandestinos y legales utilizados para exportarla, existe corrupción capaz de facilitar las operaciones y permanece intacto el sistema financiero que permite lavar las ganancias, la organización criminal simplemente reemplazará a sus operadores.
El narcotráfico es una empresa criminal.
Y como toda empresa, tiene proveedores, transporte, logística, almacenamiento, distribución, mercados, financiamiento, mecanismos de seguridad, corrupción y lavado de activos.
Por eso una estrategia nacional seria no puede limitarse a perseguir a quienes empuñan las armas.
Debe perseguir a quienes controlan la cadena.
El verdadero centro de gravedad
Si yo tuviera la responsabilidad de conducir la seguridad nacional como un CEO de un gran sistema de seguridad, modificaría radicalmente las prioridades.
El objetivo estratégico sería uno:
convertir a Ecuador en un territorio cada vez menos útil para el narcotráfico internacional.
Eso significa construir un verdadero sistema de control territorial y logístico.
En la frontera norte necesitamos inteligencia y vigilancia permanente sobre los corredores provenientes de Colombia.
En la frontera sur debemos hacer lo mismo respecto de las rutas provenientes del Perú.
Pero la presencia física, por sí sola, ya no es suficiente.
El Ecuador del siglo XXI necesita utilizar masivamente tecnología: drones, sensores, radares, vigilancia aérea, inteligencia de señales, análisis de imágenes satelitales, sistemas de identificación de movimientos sospechosos y plataformas que permitan compartir información en tiempo real.
La tecnología debe permitirle al Estado saber quién entra, por dónde entra, qué transporta, hacia dónde se dirige y quién lo espera.
No podemos seguir vigilando el territorio del siglo XXI con herramientas diseñadas para el siglo XX.
Colombia y Perú no pueden ser simplemente países vecinos
Aquí aparece otro elemento fundamental.
El narcotráfico no reconoce fronteras.
¿Por qué debería hacerlo la inteligencia del Estado?
Colombia y Perú tienen que ser parte de una arquitectura permanente de seguridad con Ecuador.
No solamente reuniones diplomáticas.
No solamente comunicados.
No solamente operaciones ocasionales.
Necesitamos intercambio permanente de inteligencia, mapas de corredores criminales, identificación de organizaciones, seguimiento de personas y vehículos, información sobre movimientos financieros y coordinación operacional.
Y Estados Unidos, con sus capacidades tecnológicas, inteligencia, experiencia contra organizaciones transnacionales y agencias especializadas, también puede desempeñar un papel decisivo.
La cooperación internacional no debe entenderse como una sustitución de nuestra soberanía.
Debe entenderse como multiplicación de nuestras capacidades.
El segundo dique: el mar
Pero detener la droga en la frontera no será suficiente.
Una vez que ingresa al Ecuador, el siguiente objetivo de la organización criminal es llevarla hacia los puntos de salida.
Y allí tenemos otro enorme desafío: nuestro mar.
Ecuador posee una posición geográfica extraordinariamente importante en el Pacífico. Esa misma ventaja geográfica que puede convertirnos en potencia logística y comercial también puede convertirnos en una plataforma privilegiada para el crimen organizado.
Por eso necesitamos un verdadero sistema integrado de vigilancia marítima.
Radares.
Patrullaje naval.
Drones.
Aeronaves.
Inteligencia.
Seguimiento de embarcaciones.
Intercambio de información con Colombia, Perú y Estados Unidos.
Y, sobre todo, inteligencia que permita anticipar dónde y cuándo ocurrirá el movimiento de un cargamento.
No podemos pretender controlar miles de kilómetros de costa simplemente enviando patrulleros después de que la droga ya salió.
La inteligencia debe preceder a la operación.
Los puertos son una frontera más
Hay otra realidad que debemos asumir con absoluta frontalidad.
La frontera ecuatoriana no termina en Rumichaca, en el río San Miguel o en la frontera sur.
Un contenedor que sale contaminado de un puerto ecuatoriano representa también una falla de seguridad fronteriza.
Los puertos son fronteras internacionales.
Y deben ser tratados como tales.
Control de contenedores.
Inteligencia sobre empresas exportadoras.
Seguimiento de cadenas logísticas.
Investigación patrimonial de operadores.
Control de funcionarios.
Intercambio de información con los países de destino.
Y una lucha frontal contra la corrupción interna.
Porque un puerto puede tener los mejores escáneres del mundo y seguir siendo vulnerable si existen funcionarios, empresarios, trabajadores o intermediarios dispuestos a vender su complicidad.
El tercer dique: seguir el dinero
Pero existe un objetivo todavía más importante.
El dinero.
Cada tonelada de cocaína que llega a Europa o Norteamérica produce millones de dólares.
¿Dónde termina ese dinero?
Esa debería ser una de las preguntas centrales de la inteligencia nacional.
El narcotráfico necesita lavar sus ganancias.
Y para hacerlo puede utilizar empresas, comercio, construcción, bienes raíces, minería ilegal, contrabando, testaferros, sociedades aparentemente legales y múltiples mecanismos financieros.
Por eso combatir el narcotráfico sin combatir el lavado de activos es como perseguir un automóvil mientras dejamos abierta la carretera.
Hay que seguir el dinero desde su origen hasta su destino.
Y cuando se encuentre la riqueza inexplicable, debe comenzar inmediatamente una investigación patrimonial.
Hay que confiscar la infraestructura económica del crimen, no solamente encarcelar a sus soldados.
La minería ilegal tampoco puede analizarse aisladamente
Algo similar ocurre con la minería ilegal.
No debemos verla solamente como un problema ambiental.
En determinados territorios puede convertirse en una fuente de financiamiento, lavado de dinero, control territorial y economía paralela para organizaciones criminales.
Droga, armas, minería ilegal, contrabando y lavado de activos pueden formar parte de una misma economía criminal.
Por eso el Estado necesita dejar de analizar estos fenómenos en compartimentos estancos.
El crimen organizado piensa en redes. El Estado todavía suele pensar en instituciones separadas.
Ahí está una de nuestras grandes debilidades.
¿Cuándo sabremos que estamos ganando?
También debemos cambiar la forma de medir el éxito.
No deberíamos celebrar únicamente porque capturamos a un determinado número de delincuentes.
La verdadera pregunta debería ser:
¿Hemos reducido el ingreso de droga?
¿Hemos cerrado corredores terrestres?
¿Hemos reducido la contaminación de contenedores?
¿Hemos disminuido las exportaciones ilícitas desde nuestros puertos?
¿Hemos desmantelado las estructuras financieras?
¿Hemos confiscado los bienes de las organizaciones?
¿Hemos reducido la capacidad de corrupción?
¿Hemos disminuido el flujo de armas?
¿Hemos debilitado las organizaciones criminales transnacionales?
Esos son indicadores estratégicos.
Porque podemos capturar cientos de delincuentes y continuar perdiendo la guerra si mañana entran nuevas toneladas de droga y nuevos millones de dólares financian a nuevas organizaciones.
Ecuador necesita un cambio de paradigma
No estoy proponiendo abandonar la lucha contra los sicarios, las extorsiones, los secuestros o las bandas criminales.
Todo lo contrario.
Hay que perseguirlos con toda la fuerza de la ley.
Pero debemos comprender que ellos son la infantería de una estructura mucho mayor.
El verdadero enemigo está en la cadena.
Producción.
Ingreso.
Transporte.
Almacenamiento.
Corrupción.
Exportación.
Lavado.
Financiamiento.
Y nuevamente distribución.
Si destruimos solamente uno de esos eslabones, la organización se adapta.
Si conseguimos romper varios simultáneamente, comenzamos a afectar su capacidad estratégica.
El dique que nunca hemos construido
Ecuador necesita construir ese dique.
Un dique terrestre en nuestras fronteras.
Un dique tecnológico sobre nuestro territorio.
Un dique marítimo sobre el Pacífico.
Un dique de inteligencia alrededor de nuestros puertos.
Y un dique financiero contra el lavado de los narcodólares.
Para hacerlo necesitamos a nuestras Fuerzas Armadas y Policía, pero también a Aduanas, UAFE, SRI, Fiscalía, organismos de inteligencia, autoridades portuarias y entidades financieras.
Y necesitamos algo más:
una conducción estratégica única, objetivos mensurables y responsabilidad por resultados.
Porque mientras cada institución mire solamente su propio pedazo del problema, las organizaciones criminales continuarán observando el mapa completo.
El narcotráfico no necesita conquistar Ecuador militarmente.
Le basta con utilizarlo.
Utilizar sus fronteras.
Utilizar sus carreteras.
Utilizar sus puertos.
Utilizar sus empresas.
Utilizar su sistema financiero.
Utilizar su corrupción.
Y utilizar la violencia para proteger todo lo anterior.
Por eso la verdadera batalla no está solamente en las calles de Guayaquil, Durán, Manta o Esmeraldas.
La verdadera batalla comienza en las fronteras, continúa en los corredores logísticos, pasa por los puertos y termina en las cuentas donde se deposita el dinero.
Mientras no entendamos eso, seguiremos apagando incendios.
Y mientras sigamos apagando incendios sin cerrar la puerta por donde entra el combustible, podremos ganar muchas batallas y, sin embargo, seguir perdiendo la guerra.
Ecuador no necesita solamente más capturas. Necesita dejar de ser una plataforma conveniente para el narcotráfico internacional.
Ese debería ser el objetivo nacional.
Y ese debería ser el verdadero dique que todavía no hemos construido.
Semper Fi
