El desgaste prematuro del poder: Noboa entre la expectativa y la decepción
Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.
La gran tragedia política del Ecuador no es únicamente haber soportado gobiernos marcados por corrupción, improvisación, autoritarismo o incapacidad administrativa. La verdadera tragedia es que cada nuevo gobierno llega ofreciendo una ruptura histórica y termina atrapado por las mismas estructuras de poder, burocracia, clientelismo, dependencia financiera y pactos silenciosos que han hundido al país durante décadas.
El gobierno de Daniel Noboa llegó con un enorme capital político: juventud, imagen fresca, discurso tecnocrático, apoyo internacional y una ciudadanía agotada del correísmo, del morenismo y del colapso institucional heredado de Guillermo Lasso. Pero gobernar Ecuador no consiste únicamente en transmitir modernidad o estabilidad mediática; exige enfrentar mafias enquistadas en el Estado, desmontar redes de corrupción, recuperar la institucionalidad y devolver confianza a una sociedad emocionalmente destruida por la violencia y el abandono.
Y es precisamente ahí donde comienza el desgaste prematuro de Noboa.
Porque si bien es cierto recibió un país devastado —con narcotráfico penetrando puertos, aduanas, municipios, cárceles y sectores estratégicos— también es verdad que pocos presidentes en la historia reciente tuvieron condiciones políticas tan favorables para consolidar gobernabilidad: mayoría legislativa circunstancial, respaldo de Estados Unidos, cooperación militar y financiera internacional, relativa fragmentación de la oposición, ausencia de grandes protestas durante meses y una población inicialmente dispuesta a concederle tiempo.
Sin embargo, el problema de fondo es que la percepción ciudadana empieza a distanciarse del relato oficial.
La reducción del riesgo país, los nuevos créditos internacionales o ciertos indicadores macroeconómicos pueden tranquilizar a organismos multilaterales y mercados financieros, pero no necesariamente mejoran la vida cotidiana de millones de ecuatorianos que siguen enfrentando desempleo, extorsión, miedo, hospitales sin medicinas, inseguridad jurídica y deterioro institucional.
Y allí radica una de las debilidades políticas más peligrosas del actual gobierno: parecer más preocupado por administrar la percepción internacional que por reconstruir la confianza interna.
La ciudadanía observa con creciente inquietud casos como PROGEN, las denuncias recurrentes en aduanas, los problemas estructurales del sistema eléctrico, el deterioro hospitalario, las tensiones alrededor de ATM y la sensación de que la corrupción simplemente cambió de operadores, pero no desapareció.
Además, el incremento del IVA, la eliminación de subsidios y el mayor endeudamiento estatal generan una percepción social compleja: el ciudadano siente que sigue pagando más, sacrificando más y recibiendo menos.
En política, las expectativas incumplidas erosionan más rápido que los fracasos anunciados.
Y aunque el gobierno conserva capacidad comunicacional y apoyo de importantes sectores empresariales y mediáticos, empiezan a surgir señales de desgaste que no deben subestimarse. Las alertas de organismos vinculados a la libertad de prensa, las tensiones con ciertos medios como Sociedad Interamericana de Prensa y Diario Expreso, así como la creciente desconfianza hacia algunos ministros, alimentan la narrativa de un gobierno que prometió eficiencia técnica y termina mostrando improvisación política.
El problema para Noboa no es únicamente la oposición tradicional. El verdadero riesgo podría venir desde abajo.
En Ecuador, las grandes crisis políticas casi nunca comienzan en la Asamblea; empiezan en las calles, en las universidades, en sectores indígenas, gremiales y populares que lentamente acumulan frustración hasta convertirla en movilización.
Y aunque hoy no existan protestas masivas comparables a las de otros períodos, sí parece existir un clima silencioso de malestar social contenido.
La posibilidad de procesos de revocatoria, el desgaste de la credibilidad institucional y la cercanía de las elecciones seccionales del 29 de noviembre podrían transformar ese malestar en voto castigo.
Porque las elecciones locales suelen funcionar como plebiscitos emocionales del gobierno nacional.
Si el oficialismo obtiene malos resultados en prefecturas y alcaldías, la percepción de debilidad política crecerá rápidamente. Y en política, cuando un presidente comienza a parecer vulnerable, los aliados se repliegan, los oportunistas se reorganizan y las tensiones sociales encuentran terreno fértil.
El desafío de Noboa ya no es ganar tiempo. Es demostrar que existe un proyecto de Estado más allá de la administración del miedo y de la estabilidad financiera.
Porque combatir al narcotráfico no puede limitarse a militarizar calles mientras persisten sospechas sobre puertos, aduanas y estructuras de corrupción institucional. Tampoco puede hablarse de recuperación nacional mientras la salud pública continúa colapsando y amplios sectores sienten abandono estatal.
Gobernar Ecuador exige algo más complejo que marketing político internacional o control narrativo. Exige liderazgo, profundidad estratégica y capacidad de enfrentar poderes reales, incluso aquellos que operan detrás del propio sistema.
La gran pregunta es si Daniel Noboa está dispuesto a asumir ese costo político o si terminará siendo otro presidente atrapado por el mismo modelo que prometió combatir.
Porque el Ecuador ya no enfrenta únicamente una crisis económica o de seguridad.
Enfrenta una crisis de confianza nacional.
Semper Fi.
