Opinión

El debate

N.P. de G./ Guayaquil

 

Vi el debate entre los dos candidatos a la presidencia de Estados Unidos, organizado por CNN. Me gustaron los entrevistadores por sus preguntas inquisitivas, su respeto e imparcialidad. Sobre el debate, no tuvo la altura debida a sus calidades. Hubo tesis, pero también diatribas.

Aspecto físico: Trump ha mejorado con los años; el pelo rubio pintado era feísimo. El rostro natural. Biden con la cara y párpados estirados en lugar de verse más joven parecía una máscara. Trump domina la escena, tiene una clara dicción y era fácil no perderse palabra. Biden habla con los labios entrecerrados y en el tono bajo de un anciano. Era evidente la animadversión entre ambos. Trump seguro y arrogante y Biden, que se había preparado, se atrancaba y desesperaba a ratos.

Trump dio incesantes signos de desprecio como tratar a Biden de “that Man” y señalarlo continuamente con el dedo índice, lo que en mi tiempo era mala educación. Trump habló lo que quiso; muy hábil y también soslayó dos preguntas difíciles pero terminó respondiéndolas. No me gustaron dos respuestas de Biden: anuncio de la III Guerra Mundial y el desastre de USA si ganaba Biden, demasiado fatalista.

Estuvo bien Trump en su posición respecto al aborto, la apertura de fronteras, el terrorismo, y el descuido a minorías nacionales en beneficio de inmigrantes ilegales. Si respetaría la decisión electoral, la condicionó a que fuese legal. Trump trató de delincuente al hijo de Biden y Biden dijo que no lo era y que el delincuente era Trump. Me dio pena que en un debate de altura se haya llegado a eso. Biden lo acusó de tratos sexuales con una prostituta, lo que es pecado pero no delito.

CNN le dio la última palabra a Trump, lo que es una ventaja. El cierre de Biden fue pobre y apenas se le entendió, mientras que Trump se lució. Soy una simple espectadora. Desconozco cómo reaccionará el pueblo americano. Recordé el debate entre Febres Cordero y Borja. El primero lo trató tan mal que me dio lástima y pensé: “Ya perdió LFC”, pero al día siguiente los vendedores ambulantes debajo de la notaría, edificio Teoram, me recibieron con un “¡Viva León!”. Nunca le atino, concluí.