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El correísmo y el movimiento indígena: enemigos íntimos y adversarios irreconciliables

Muchos esperan, en nombre de una supuesta coincidencia de “izquierda”, la colaboración entre el correísmo y el movimiento indígena. Ello implicaría olvidar las profundas diferencias y agravios que distancian a ambos grupos.

En la política ecuatoriana, las ideologías de los partidos no son tan simples ni tampoco tan importantes. Los intereses de las fuerzas van mucho más allá de las simples etiquetas de ‘izquierda’ o ‘derecha’ y las alianzas y antagonismos son mucho menos predecibles de lo que se pensaría.

Por lustros, el país ha tenido, de un lado, que presenciar —con excepción de una breve tregua para las recientes elecciones— la insólita división entre dos aliados supuestamente naturales como el Partido Social Cristiano y Creo, y, del otro, una larga pugna entre el correísmo y Pachakutik —o incluso, el movimiento indígena en general—.

Suele intentar explicarse semejantes anomalías apelando a explicaciones de corte moral, como la corrupción —el consabido ‘hombre del maletín’—, las ambiciones personales o la falta de coherencia ideológica; sin embargo, basta escarbar un poco para entender que, al menos entre el correísmo y el movimiento indígena, existen agendas incompatibles y desavenencias de larga data que sobrepasan con mucho lo que puedan decir la propaganda y la teoría.

La fuerza de la movilización
La asociación entre ‘indígena’ y ‘pobreza’, o entre ‘indígena’ e ‘izquierda’ obedece a la situación histórica de este pueblo en Ecuador, pero no es una realidad tan inamovible ni automática como muchos líderes de izquierda esperan.

El movimiento indígena nace como un movimiento de reivindicaciones para un sector determinado de la población, no como uno de servicio a una causa —por más que muchos activistas e intelectuales blancos, mestizos y extranjeros hayan querido convertirlo en ello—. Esto ha dado lugar a amargos malentendidos desde sus inicios.

En los sesenta y en los setenta, la izquierda juzgó equivocadamente que el apropiarse del protagonismo de ciertos hechos de relevancia para la población indígena—desde la reforma agraria hasta las muertes acaecidas en Aztra— significaba hacerse con su apoyo incondicional.

Sin embargo, paradójicamente, la irrupción del movimiento indígena en la política se dio, justamente, bajo un gobierno supuestamente de izquierda —en 1990, con el de la Izquierda Democrática—. Desde entonces, las tiendas que se autodefinen como defensoras de los sectores desfavorecidos han intentado conquistar al movimiento indígena y, cuando han fracasado en ello, lo han descalificado o acusado de incoherente o saboteador.

Desde sus inicios, el movimiento indígena —y su brazo político, Pachakutik, creado recién en 1995— ha exhibido una capacidad de movilización muy superior a la de los otros partidos. Por ello, fue siempre cortejado para alianzas y coaliciones. Sin embargo, todos esos experimentos derivaron en rupturas: la importante participación en las protestas que derrocaron al presidente Abdalá Bucaram derivó apenas en una Asamblea Constituyente, en la que el movimiento indígena estuvo excluido de la mayoría determinante.

Luego, su protagonismo en el levantamiento del 21 de enero del 2000 derrocó a Jamil Mahuad y su alianza con el movimiento Sociedad Patriótica ayudó a poner a Lucio Gutiérrez en la presidencia, pero la alianza no duró ni siquiera un año. Ello sembró una profunda desconfianza en el movimiento indígena, temeroso siempre de ser apenas utilizado.

Dividir y vencer
La aparición del correísmo tuvo una grave implicación electoral para Pachakutik. Diferentes factores incidieron en que, entre 2006 y 2017, cosecharan resultados electorales bajísimos —una presencia que no llegaba ni a 5% en el Legislativo o en la Asamblea Constituyente y, en elecciones presidenciales, aun con alianzas, osciló entre el 2 y el 6 por ciento—.

Gran parte del voto antisistema del movimiento indígena se diluyó, en un inicio, entre el correísmo y Sociedad Patriótica, que antes de 2013 todavía era fuerte. Ello significó, no obstante, que muchas de las exigencias históricas del movimiento sí fueran tomadas en cuenta en la Constitución de 2008, empujadas desde cuadros originales del propio correísmo. Luego a partir de 2013, cuando el proyecto verdeflex se había tornado polarizante, parte de la fuerza del movimiento indígena derivó, por un sentido práctico, hacia Guillermo Lasso.

No obstante, cuando se habla del movimiento indígena, es necesario distinguir la fuerza en las urnas de la capacidad de movilización. Por el motivo que sea, la presencia indígena en protestas durante aquellos años superó ampliamente su representación electoral. Ello hizo que el correísmo optara, por un lado, por dividir el movimiento indígena —creando nuevos liderazgos, atrayendo a cuadros y fortaleciendo organizaciones alternativas— y, por el otro, por una represión sostenida.

El régimen impidió, sistemáticamente, el desplazamiento de las bases del movimiento indígena, empleó la fuerza del Estado en numerosas protestas y condujo una ofensiva, tanto a partir del sistema penal como desde el aparato de propaganda, contra muchos de los principales líderes —Guadalupe Llori, Salvador Quishpe, Lourdes Tibán, Mónica Chuji, entre muchos otros—. Todo eso, sumado a lo prolífico del expresidente Rafael Correa en epítetos y acusaciones contra el movimiento, sembró una división insalvable.

Visiones diferentes
Más allá de la lucha por el poder, sí existían diferencias sustanciales en intereses y visiones entre el movimiento indígena y un presidente carente hasta entonces de una historia de militancia de izquierda, cuyas proclamas de simpatía por la causa indígena se asentaban apenas en una experiencia de voluntariado de unos meses en su juventud y en un quichua rudimentario adquirido en aulas capitalinas.

Tras la progresiva ruptura interna en Alianza País, que inicia con la separación de Alberto Acosta —quien luego incluso sería candidato presidencial del movimiento indígena— y el distanciamiento de una serie de cuadros pertenecientes a los tradicionales sectores ambientalistas e indigenistas, el expresidente Correa empieza ya a condenar muchos de los elementos que se habían introducido en la Constitución de Montecristi —catalogándolos como “barbaridades” y producto de “locos furiosos”, o enfatizando que “la pobreza no es folclor” o que, “de tener que elegir entre el último cóndor y el bienestar de un niño, eligiría al niño”—.

Con el fin oficial de la Iniciativa Yasuní-ITT, en 2013, quedaba claro ya que el correísmo le apostaba al extractivismo y al crecimiento económico, un enfoque que se vio todavía más reforzado con el impulso a la minería y una serie de iniciativas de infraestructura con alto impacto ambiental.

Poco a poco se fueron haciendo aún más evidentes otras diferencias sustanciales. El régimen correísta intentó retomar para el Estado el pleno control de la educación e impulsó el modelo agroexportador, dos elementos que chocaban con la agenda del movimiento indígena. Desde entonces, hasta hoy, las organizaciones indígenas exhiben posturas en materia de educación, agricultura, minería, infraestructura y crecimiento económico absolutamente irreconciliables con el modelo extractivista, urbanizador, agroexportador, globalizante y de priorización del crecimiento económico que se tornó característico del correísmo.

La semilla de la revancha
A todo eso, se le sumaron dolorosas afrentas. Cuando se inició la ruptura entre el expresidente Lenín Moreno y el expresidente Rafael Correa, Luis Macas aceptó formar parte del Consejo Transitorio que condujo el proceso de ‘descorreización’ y otros dirigentes indígenas aceptaron nombramientos de dicho organismo.

Además, Pachakutik apoyaría con sus votos, desde la Asamblea, la purga de funcionarios del correísmo, incluido el exvicepresidente Jorge Glas. Luego, en octubre de 2019, el movimiento indígena echaría mano de su principal arma —la capacidad de movilización— y le arrebataría al correísmo el protagonismo en la lucha contra el régimen de Moreno. Para un hombre con propensión al rencor como el expresidente Correa, semejantes acciones significaban mucho. Pero lo peor estaba por venir.

Tanto en las elecciones de 1996 como en las de 1998 y 2002, la proliferación de candidatos de izquierda habían terminado debilitando a la tendencia y propiciando la entrada a segunda vuelta de fuerzas ajenas a esta; un verdadero trauma para los militantes de dicha corriente. El correísmo pensaba que en 2021 podría retomar el poder y revertir sin problema el proceso de Moreno. Sin embargo, el protagonismo cobrado por el movimiento indígena y el aparecimiento de una nueva figura, Yaku Pérez, acabaron con sus aspiraciones.

El exprefecto de Azuay, con su perfil ligero y mediático, convocó a todos aquellos sectores ambientalistas y progresistas de los que el correísmo se había distanciado desde 2008; con ello, privó al partido del expresidente de valiosos votos que le habrían permitido imponerse en la primera vuelta y, además, ayudó al movimiento a convertirse en la segunda fuerza política en la Asamblea, con cuatro veces más legisladores de lo que jamás había tenido.

No obstante, la verdadera gota que derramó el vaso sería la decisión de Pachakutik de apoyar el “nulo ideológico” en lugar de al correísmo. Luego, además, aceptaron mantener una alianza con el presidente Guillermo Lasso para conquistar la presidencia de la Asamblea y echar por tierras las aspiraciones del correísmo de un entendimiento con el gobierno que les permitiría deshacerse de los problemas que sus líderes tenían con la Justicia. Por último, las protestas de junio de 2022 y el liderazgo de Leonidas Iza desde la Conaie, consolidaron al movimiento indígena como antagonista de la ‘derecha’ del país, una posición que hasta entonces el correísmo atesoraba.

Solo hay lugar para uno
Rafael Correa se ha mostrado cauteloso y cortés con Leonidas Iza, a quien dice no conocer, mientras que se muestra inclemente y mordaz con Yaku Pérez. Sin embargo, ambos constituyen amenazas políticas serias para este.

Iza lo rebasa en radicalismo y, además, goza de extensa experiencia organizativa y un innegable pedigrí de lucha popular del que el expresidente siempre careció. Pérez, a su vez, resulta sumamente atractivo para los sectores más moderados, urbanos y ‘liberales’ en el sentido anglosajón. Ambos gozan de importantes redes de apoyo en el extranjero. Cualquiera que sea la tendencia que se imponga en el movimiento indígena, en ambas compite seriamente con el correísmo y juntas lo rebasan ampliamente.

Con tantas diferencias, tantos agravios irresueltos y, sobre todo, tanto en juego, resulta ingenuo creer que el movimiento indígena y el correísmo puedan llegar a ser, como tantos creen, ‘aliados naturales’. Igual de injusto sería pensar que la única motivación que el movimiento pueda tener para no jugar a favor del correísmo sea “el hombre del maletín” (DM).

 

 

 

 Diario La Hora