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El correísmo está nostálgico de la censura a las ideas

El talante autoritario del correísmo no ha desaparecido. Pero la libertad de expresión tiene guardianes. Y eso no lo entienden todavía.

Ni la euforia ni la depresión son buenas para la vida nacional. Ciertamente es un camino difícil cuando existen hechos que están encaminados a soliviantar a la población.

El último acto trata de un grupo de asambleístas, liderados por el correísmo, que decidieron revivir uno de los mayores triunfos del populismo del país: censurar a la prensa y la libertad de expresión de quienes son críticos con el poder.

En los tiempos actuales, dominar la opinión pública es uno de los objetivos de cualquier político con alma autoritaria. Y así lo hicieron en la época correísta. La censura a los medios de comunicación, que fueron usados por el expresidente, Rafael Correa, para hacerse conocer y llegar al poder, fue a todo nivel.

Hay amplia literatura sobre los motivos por los que el correísmo optó por este camino. El principal, el limitar que la ciudadanía acceda a ideas que no tengan la aprobación del buró político y de los gestores de la propaganda. Así, limitan los debates democráticos, colocan un velo a las diferencias políticas y públicas, y dejan ciegos a los ciudadanos ante los casos de posible corrupción.

Pues bien, eso sucedió en Ecuador. La mayor jugada fue hacer legal la represión al derecho a la libertad de expresión, con una Ley de Comunicación que se convirtió en una mordaza. Sanciones millonarias, rectificaciones mentirosas, escarnio de la propaganda oficial, ahogamiento empresarial de los medios, persecución con el sistema judicial… Para eso sirvió esa legislación, aprobada en 2013.

Desde ese entonces, decenas de medios, de toda índole, desaparecieron y otros funcionan de manera intermitente. Miles de periodistas, unos 2.500 dice la Aedep, han sido despedidos desde hace 14 años por el ahogamiento. Los gremios de periodistas, incluso los que plegaron a Rafael Correa, todavía no retoman su vigor. Y aún no hay plena recuperación empresarial en los medios.

Pérdida de libertad
Con esto la ciudadanía perdió. Dejó de conocer muchos de los hechos relevantes para el diario vivir y para la toma de decisiones trascendentales para la familia y las empresas. Es decir, el impacto de reprimir la circulación de ideas golpeó al propio ejercicio de la ciudadanía y de la democracia.

Pero quienes provocaron eso fueron los correístas. Por eso el mantra de los correístas de clóset: que hay que olvidar a Rafael Correa y todo su período. Que ya pasó. Hay que dar la vuelta a la página. Que no se puede culpar de todos los “supuestos males” a una persona, la misma, que ni siquiera vive en Ecuador.

Pero la realidad es otra. Ellos mismos, y sus aliados, han revivido ese ánimo que es propio del autoritario correísmo. Nostálgicos de la falta de controles al pensamiento, aprobaron un proyecto de ley que devuelve los poderes al propio Estado para controlar las ideas.

Fundamedios alerta que la Defensoría del Pueblo sería la nueva Supercom, que fue la policía correísta para la prensa, pero excediendo sus tareas que están en la Constitución. Eliminan estratégicamente la opinión como parte de los contenidos comunicacionales para darle un estatus distinto y poder controlarla a través de tribunales de Justicia o callar voces disidentes. Establecen sanciones civiles “o de otra índole” a la libertad de expresión. Amplía la censura previa a medios privados, lo cual puede afectar el principio de independencia editorial que tiene cada medio privado, dice el organismo.

Elimina todo vestigio de autorregulación. Y reviven artículos que fueron eliminados en 2019.

Botón de muestra
El asambleísta correísta Walter Gómez, nostálgico del control a los medios, se refirió a una edición de LA HORA, donde precisamente se advierte el ánimo de revivir la mordaza. “A estos titulares es a lo que me refiero como PrensaCoprofílica”, trinó. Luego de señalar que a los periodistas nos atraen las heces… justifica que su propuesta de ley mordaza no lastima la libertad de prensa.

Más allá del trino eufórico e insultante de Gómez hacia la libertad de expresión, se revela el talante con el viene ese cuerpo legal, que varias organizaciones piden que el presidente Guillermo Lasso lo vete totalmente.

Diego Oquendo, un referente del periodismo del país, que tristemente ya está a pocos días de retirarse del oficio, ofrece una de las claves para enfrentar estos tiempos, no solo para sus colegas sino para la ciudadanía.

“En los trances más duros de mi carrera nunca me pregunté si saldría triunfante, sino qué podía hacer para no doblegarme, porque de eso se trata la vida. Ustedes también pueden intentarlo. La consigna es única e irrevocable: ¡Resistir!”. Lo dijo en julio del 2013, hace nueve años. Ni euforia ni depresión, sino resistencia ante los sueños populistas. Algo que todavía no logran entender los correístas. (JC)

 

 

 Diario La Hora