Opinión

El Comba

Claudio Campos

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@claudioncampos

Los días más largos daban los primeros indicios que el crudo invierno ya estaba en su ocaso. Atrás quedaban horas eternas donde todos permanecían sentados junto a la estufa de leña y conversaciones repetidas que amenizaban el tiempo que corría muy lento. Metros de nieve, calles anegadas y nada de tecnología hacía que las familias dedicarán gran parte de sus días a ingeniárselas para no aburrirse. Los dos hijos varones pasaban horas jugando entre la cocina y el pasillo que llevaba a las habitaciones de la humilde vivienda simulando ser jugadores conocidos. El barrio «Las Latas» tenía la particularidad que en sus calles era imposible jugar al fútbol porque aparte de ser empedradas tenían pendientes demasiado pronunciadas.

La familia Sepúlveda que era de escasos recursos era muy conocida en el lugar porque el lindero al fondo de su casa estaba la única canchita dónde los jóvenes armaban duelos memorables. El detalle molesto era que el balón caía recurrentemente cerca de la ventana de la cocina incomodando a la ama de casa que se fastidiaba constantemente. Una tarde Joselito el más pequeño como era llamado en su casa y que ya tenía 9 años de edad decidió sentarse y esperar que caiga la pelota para evitar el mal momento de su madre. Esto no tardó en suceder, al poco tiempo de escuchar que comenzó el «picadito» vio pasar por sobre el muro la primera pelota; consumado el segundo bote se perfiló y puso todo su caudal hasta ese instante desconocido, devolviendo el esférico de manera asombrosa cautivando a la mayoría que inmediatamente lo invitaron a jugar.

El tiempo pasó, Joselito creció y se ganó el respeto de todos, a tal punto que personas de otros barrios se acercaban a conocer al «comba» Sepúlveda, apelativo que se ganó por ejecutar de manera asombrosa los tiros libres con un chanfle endiablado imposible de tapar para los arqueros, capacidad innata que pulió desde pequeño en silencio y por necesidad con una pelota de trapo en los pasillos de su hogar.

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